Aprendió a caminar entre los cafetales.
A distinguir colores.
A leer bajo la sombra del mango.
A los diez años, sabía la historia completa.
Sabía que fue declarado ciego.
Sabía que casi lo condenan a la oscuridad.
Sabía que una mujer sin voz fue quien lo rescató de ella.
Una tarde, mientras el sol caía sobre Santa Clara, Felipe tomó la mano de Renata.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó.
Ella no podía responder con palabras.
Pero se agachó a su altura.
Tocó sus ojos.
Luego su corazón.
Y finalmente el suyo propio.
Felipe sonrió.
Entendió.
En la hacienda Santa Clara, decían que la tristeza tenía sonido.
Pero con el tiempo aprendieron que la esperanza también lo tiene.
Es el sonido de un niño que ríe bajo la luz que casi le arrebatan.
Es el crujido de unas cadenas que caen al suelo.
Es la respiración profunda de un hombre que deja de llorar en silencio.
Y es el murmullo suave de una mujer que, aun sin voz, vio la verdad cuando todos los demás se rindieron ante la oscuridad.
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