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Los ojos seguían vacíos, sí… pero el niño estaba ahí dentro.

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Renata dejó de tararear un instante y observó con mayor atención. Se acercó tanto que casi pudo sentir el aliento tibio del pequeño en su mejilla. Levantó suavemente uno de los párpados con el dedo húmedo. No había ese reflejo rápido, instintivo, que cualquier criatura muestra ante el roce.

No era solo falta de visión.

Era otra cosa.

Se incorporó lentamente y miró alrededor del cuarto. Las cortinas estaban cerradas desde hacía meses. El aire era espeso, cargado de tristeza y encierro.

Se levantó, caminó hasta la ventana y, sin pedir permiso, corrió apenas un paño del pesado cortinaje.

Un hilo de luz dorada entró como una promesa.

Felipe frunció el ceño.

No fue un movimiento amplio, pero fue real.

Don Sebastián dejó escapar un sonido que parecía mitad risa, mitad llanto.

—¿Lo vio? —preguntó, tembloroso.

Renata asintió con firmeza.

Volvió al lado del bebé y, con movimientos delicados, pasó el paño húmedo por los párpados, retirando con cuidado una fina capa blanquecina que apenas se notaba a simple vista. Era como una película seca, casi invisible bajo la penumbra constante en la que el niño vivía.

Renata volvió a señalar la ventana.

Luz.

Luego señaló los ojos del bebé.

Y después, con un gesto lento, simuló algo cubriendo y algo quitando.

Don Sebastián comprendió solo una parte, pero esa parte fue suficiente para encender una chispa de esperanza.

Esa misma tarde ordenó abrir las ventanas del cuarto alto por primera vez desde la muerte de Isabel. El polvo danzó en el aire como si la casa despertara.

Durante días, Renata repitió el ritual. Agua tibia hervida y enfriada. Paños limpios. Cuidado paciente. Cantos suaves.

No hablaba, pero su presencia era constante.

Felipe comenzó a reaccionar más.

Giraba la cabeza hacia sonidos.

Movía los brazos con mayor energía.

Y un atardecer, cuando la luz se filtraba naranja sobre las paredes de cantera, el niño entrecerró los ojos… y parpadeó ante el brillo.

Fue apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

Don Sebastián cayó de rodillas junto a la cuna.

—Isabel… —susurró al vacío—. No nos lo quitaste todo.

Sin embargo, Renata no celebró.

Su mirada se había endurecido.

Había algo que no encajaba.

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