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Los ojos seguían vacíos, sí… pero el niño estaba ahí dentro.

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Ungüentos adecuados.

Exposición gradual a la luz.

Felipe comenzó a seguir sombras.

A distinguir formas.

A llorar con fuerza cuando tenía hambre.

A sonreír ante la voz grave de su padre.

El sonido de la tristeza en la hacienda comenzó a transformarse.

Ya no era la mecedora solitaria.

Era el balbuceo del niño.

El llanto vivo.

La risa incipiente.

Don Sebastián dejó de dormir en la silla. Volvió a caminar por los cafetales con el niño en brazos, mostrándole el verde interminable.

—Mira, hijo —decía, aunque aún no supiera cuánto podía ver—. Esto es tuyo. Esto es de tu madre.

Y cada vez que Felipe reaccionaba a la luz, don Sebastián buscaba con la mirada a Renata.

Ella observaba desde la distancia, siempre en silencio.

Pero en sus ojos había algo nuevo.

Paz.

Un mes después, Felipe fijó la vista por primera vez en el rostro de su padre.

No fue una mirada clara como la de un adulto.

Fue borrosa, curiosa.

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