Recordó la primera visita del doctor Aguilar. Recordó haber visto, desde el pasillo, cómo aplicaba unas gotas en los ojos del recién nacido, diciendo que “estimularían la respuesta”.
Recordó el leve llanto del bebé entonces.
Y cómo, al día siguiente, dejó de reaccionar.
Esa noche, cuando todos dormían, Renata bajó a la cocina y buscó en la basura vieja del despacho médico, donde el mayordomo guardaba frascos vacíos y vendas.
Encontró uno.
Un pequeño frasco con etiqueta en latín y restos de líquido seco en el fondo.
No sabía leer, pero reconocía el olor fuerte, punzante.
Lo llevó a don Joaquín.
El mayordomo, que sí sabía descifrar palabras, frunció el ceño.
—Esto es nitrato de plata… en alta concentración.
La miró, confundido.
—Eso no se pone en los ojos de un recién nacido así.
A la mañana siguiente, el frasco estaba sobre el escritorio de don Sebastián.
El barón escuchó la explicación en silencio.
La ira, cuando llegó, fue silenciosa.
El doctor Aguilar fue llamado de inmediato.
Intentó justificarlo como “procedimiento preventivo”, pero el nuevo médico traído de Guadalajara, más humilde y honesto, negó con firmeza.
—Aplicado así, puede provocar inflamación severa. Una opacidad temporal. Si no se limpia y trata a tiempo, puede parecer ceguera.
El silencio en el despacho fue más pesado que cualquier acusación.
—¿Temporal? —preguntó don Sebastián con voz grave.
—Sí. Pero requiere cuidado inmediato y constante.
Don Sebastián miró a Renata.
La joven esclava que no hablaba.
La única que había mirado sin resignarse.
El doctor Aguilar salió de la hacienda esa misma tarde, bajo la mirada fría de los peones.
Nunca volvió.
—
Los días siguientes fueron de trabajo incansable.
Compresas tibias.
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