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Llevábamos 8 años buscando a nuestro pequeño tras perderse en la nieve. El viudo de enfrente siempre nos ayudó a repartir volantes. Ayer fui a devolverle un abrigo y escuché ruidos bajo tierra. “No la abras”, me rogó mi esposa llorando.

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Rogelio se le fue encima.

El golpe fue brutal. Ambos cayeron sobre la nieve. Rogelio, aunque mayor, tenía una fuerza desesperada. Le hundió el puño en el estómago, intentó empujarlo hacia la entrada oculta y murmuró entre dientes:

—Te dije que no te metieras.

Martín forcejeó, le torció el brazo y alcanzó a separarse. Entonces Rogelio sacó una pistola.

—Baja —ordenó—. Ahora.

A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.

Rogelio dudó apenas un segundo. Martín aprovechó para golpearle la muñeca. El arma cayó dentro de la trampilla abierta, rebotando contra los escalones metálicos.

Las patrullas llegaron con las luces iluminando la nieve. Dos policías sometieron a Rogelio mientras Lucía corría hacia Martín, llorando.

—¿Qué hay abajo? —preguntó el comandante Navarro.

Antes de que alguien respondiera, se oyó un ruido desde la oscuridad.

Pasos.

Luego apareció un muchacho delgado, pálido, de unos 13 años, con el cabello rojizo y los ojos llenos de terror. Sostenía la pistola con ambas manos.

—¡No se lleven a mi papá! —gritó mirando a Rogelio—. ¡Yo lo protejo! ¡Él me enseñó! ¡Afuera están los enemigos!

Lucía dejó escapar un sonido que no parecía humano.

Martín dio un paso hacia el niño.

—Mateo…

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