ANUNCIO

Llevábamos 8 años buscando a nuestro pequeño tras perderse en la nieve. El viudo de enfrente siempre nos ayudó a repartir volantes. Ayer fui a devolverle un abrigo y escuché ruidos bajo tierra. “No la abras”, me rogó mi esposa llorando.

ANUNCIO
ANUNCIO

Martín llamó a Lucía con la mano temblando.

—Hay una puerta debajo de la casa del perro de Rogelio —susurró—. Una especie de trampilla. El perro está afuera, Rogelio no aparece y su camioneta está en la cochera.

—No la abras —dijo Lucía, con la voz rota—. Voy a llamar a la policía. Prométeme que no vas a bajar.

Martín prometió, pero no se movió. Había pasado 8 años siguiendo pistas falsas, leyendo reportes, escuchando a gente jurar que había visto a Mateo en Sonora, en Durango, en la frontera. Y ahora, frente a él, en el patio del hombre que había vivido al otro lado de la calle todo ese tiempo, había una puerta oculta.

Entonces escuchó un golpe metálico desde abajo.

Alguien subía.

La trampilla se movió lentamente. Rogelio salió arrastrándose, cubierto de polvo, con una lámpara en la mano. Al ver a Martín, su rostro cambió. Primero sorpresa. Luego miedo. Luego rabia.

—¿Qué haces aquí?

—Te traje el abrigo —respondió Martín, tratando de sonar tranquilo—. Y quiero saber qué hay ahí abajo.

Rogelio apretó la mandíbula.

—Nada que te importe.

—Me mentiste todo el día. Dijiste que ibas por un perro con amigos. Dijiste que lo ibas a meter a la casa. Dijiste que la perrera vieja era un recuerdo. ¿Qué estás escondiendo?

Rogelio no contestó. Solo miró hacia la trampilla, como si temiera que algo saliera.

Martín dio un paso al frente.

—¿Hay alguien ahí abajo?

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO