Llevábamos 8 años buscando a nuestro pequeño tras perderse en la nieve. El viudo de enfrente siempre nos ayudó a repartir volantes. Ayer fui a devolverle un abrigo y escuché ruidos bajo tierra. “No la abras”, me rogó mi esposa llorando.
Rogelio también conocía el dolor. Había perdido a su esposa y a su hijo en un asalto años atrás. Desde entonces se volvió un hombre callado, encerrado, de esos que saludaban sin mirar a los ojos. Por eso, cuando arregló una parte de la cerca de Martín dañada por la tormenta, Lucía propuso invitarlo a cenar.
—Tal vez todos necesitamos dejar de vivir como fantasmas —dijo ella.
Martín aceptó, aunque algo en Rogelio le incomodaba. Esa mañana, al ir a invitarlo, lo encontró en el patio trasero, agachado junto a una vieja casa para perro que llevaba años vacía. Rogelio se puso nervioso cuando Martín se acercó.
—Es un recuerdo de mi perro —dijo rápido—. No me gusta que la toquen.
Luego aseguró que construiría una nueva perrera porque pensaba adoptar un pastor alemán. Más tarde canceló la ida al criadero diciendo que tenía planes con amigos, pero Martín lo vio entrando solo al mismo lugar.
Esa noche, durante la cena, Rogelio comió casi sin hablar. Cuando Lucía mencionó a Mateo, él se puso pálido.
—Olvidé meter al perro —dijo de golpe—. Está nevando fuerte. Regreso en unos minutos.
No volvió.
Media hora después, Martín cruzó la calle para llevarle el abrigo que había olvidado. Tocó la puerta. Nadie abrió. Desde el patio trasero escuchó ladridos desesperados.
El pastor alemán estaba encadenado junto a la vieja casa para perro. Ladraba hacia el interior, como si algo vivo respirara debajo.
Martín se agachó y vio una manija metálica escondida en el piso de madera.
No era una perrera.
Era una puerta.
Nadie podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»