PARTE 1
—Bésame, por favor… quiero que se muera de celos.
Valeria Montes lo dijo sin mirar primero el rostro del hombre.
Solo había visto un traje negro junto a la mesa de champagne, una manga firme, una presencia quieta. Y en ese momento necesitaba cualquier cosa que evitara que el salón entero la viera romperse.
A unos metros, bajo un arco de flores blancas en el Hotel Imperial de Polanco, su prometido, Alejandro Villarreal, le acomodaba un mechón de cabello a Camila, la hermana menor de Valeria.
Demasiado cerca.
Demasiado íntimo.
Demasiado descarado.
Valeria todavía sentía en el estómago la imagen que había visto 18 minutos antes: Alejandro besando a Camila en el pasillo de servicio, con una mano en su cintura y la otra en su nuca, como si no llevara 3 años prometiéndole amor eterno a otra mujer.
La gala era de Valeria.
Ella había organizado todo: las flores, la música, los donativos, el discurso, los invitados ricos que fingían ser buenas personas por una noche.
Pero la humillación también parecía haber sido organizada para ella.
—Por favor —repitió, apretando la manga del desconocido—. Solo un beso. Necesito que él vea que no me destruyó.
El hombre no respondió.
Entonces Valeria levantó la mirada.
Y se quedó sin aire.
Tenía unos 60 años, quizá más, pero no se veía débil. Al contrario. Era alto, elegante, con el cabello plateado en las sienes, una cicatriz cruzándole una ceja y unos ojos tan oscuros que parecían saber demasiadas cosas.
No parecía un invitado.
Parecía alguien a quien nadie se atrevía a echar.
—El hombre del traje azul —dijo él, sin quitarle la vista a Alejandro— no está celoso.
Valeria tragó saliva.
—¿Entonces?
—Está aterrado.
Ella volteó.
Alejandro ya no miraba a Camila. Miraba al desconocido con la cara blanca, como si hubiera visto entrar a la muerte por la puerta principal.
—¿Quién es usted? —susurró Valeria.
El hombre acomodó la mano de ella sobre su brazo con una calma peligrosa.
—Arturo Salgado.
El nombre recorrió el salón como una corriente eléctrica.
Una señora dejó caer la cucharita del postre.
Un empresario bajó la copa.
Camila perdió la sonrisa.
Valeria conocía ese nombre por rumores, no por presentaciones elegantes. Arturo Salgado, el viejo jefe del norte. Empresario inmobiliario, dueño de hoteles, viñedos y silencios comprados.
Un hombre del que todos hablaban bajito.
—Camina conmigo —ordenó él.
—Le pedí un beso.
—Y yo te estoy dando algo mejor.
Valeria no entendió hasta que Arturo caminó con ella directo hacia Alejandro y Camila.
Cada paso hizo que el salón se callara más.
La música siguió sonando, pero ya parecía una burla.
Alejandro intentó sonreír.
—Señor Salgado… no sabía que vendría.
—Tu padre sí lo sabía —respondió Arturo.
Valeria frunció el ceño.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»