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Le pidió un beso a un desconocido para darle celos a su prometido… pero el hombre de 60 años sabía el secreto que iba a destruir a todos

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—¿Tu padre?

Alejandro apretó la mandíbula.

—Valeria, no hagas escenas.

Ella soltó una risa rota.

—¿Escenas? ¿Como la que vi en el pasillo con mi hermana?

Camila abrió la boca.

—Vale, neta no es lo que crees…

—Cállate —dijo Valeria.

Y por primera vez, Camila obedeció.

Arturo tomó una copa de champagne de una charola y miró a Alejandro como quien mira a un niño jugando con fuego.

—Tengo una duda, muchacho. ¿Ella ya sabe por qué en realidad querías casarte?

Valeria sintió que el piso se le iba.

—¿Qué significa eso?

Alejandro palideció aún más.

—No lo escuches.

Arturo sonrió apenas.

—Qué curioso. Todos dicen eso justo antes de que salga la verdad.

Entonces sacó un sobre negro del interior de su saco y lo dejó sobre la mesa principal.

La mano de Valeria empezó a temblar.

Porque, sin saber por qué, entendió que esa noche no solo iba a perder a su prometido.

Iba a descubrir que toda su vida había sido una mentira.

PARTE 2

Arturo abrió el sobre con una lentitud cruel.

No porque disfrutara el dolor de Valeria, sino porque sabía que ciertas verdades no se avientan como piedras. Se colocan sobre la mesa para que todos vean quién sangra primero.

Dentro había contratos, estados financieros, copias notariales y hojas marcadas con separadores rojos.

Alejandro dio un paso hacia adelante.

—Eso no tiene por qué verlo nadie.

Arturo levantó la mirada.

—Entonces no debieron firmarlo tantos.

El murmullo creció entre los invitados.

Valeria miró a Alejandro. Buscó al hombre que la abrazaba en las mañanas, al que le decía “mi vida”, al que le había pedido que eligieran juntos el nombre de sus futuros hijos.

Pero solo encontró a un desconocido sudando bajo un traje caro.

—Habla —dijo ella—. Aquí. Frente a todos.

Alejandro tragó saliva.

—Mi familia tuvo problemas financieros.

Arturo soltó una risa seca.

—Problemas financieros, dice. La empresa Villarreal está quebrada desde hace 1 año. Le deben dinero a bancos, proveedores, políticos y a gente que no manda recordatorios amables.

Camila se llevó una mano a la boca.

Pero no parecía sorprendida.

Valeria la vio.

Y esa reacción le dolió casi más que la infidelidad.

—Tú lo sabías —murmuró.

Camila bajó la mirada.

—Yo… Alejandro me dijo que después de la boda todo se arreglaría.

—¿Después de mi boda?

Arturo sacó una hoja y la giró hacia Valeria.

—Tu matrimonio iba a fusionar parte del patrimonio de la Fundación Montes con los activos Villarreal. Tu firma les daría acceso a cuentas, propiedades y contactos. Tu apellido era el salvavidas.

Valeria sintió náuseas.

—No…

—Tu prometido necesitaba tu dinero —continuó Arturo—. Tu suegro necesitaba tus contactos. Y tu hermana necesitaba demostrar que podía quitarte algo que todos admiraban.

Camila empezó a llorar.

—No digas eso.

Valeria la miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿No es cierto?

Camila no respondió.

Y ese silencio fue una confesión.

Desde niñas, Camila había competido con Valeria por todo. Por los vestidos, por los elogios, por la atención de su padre, por los hombres que ni siquiera le importaban.

Pero esta vez no había robado un juguete.

Había intentado robarle la vida.

Alejandro se acercó desesperado.

—Valeria, escúchame. Al principio sí fue por la empresa, pero después me enamoré de ti. Te lo juro.

Ella lo miró como si cada palabra fuera una cachetada.

—¿Al principio?

Él cerró los ojos.

—Yo no quería que pasara así.

—¿Y cómo querías que pasara? ¿Que me casara contigo, firmara todo y luego me enterara cuando ya no pudiera defenderme?

Nadie habló.

Ni siquiera los meseros se movieron.

Valeria se quitó lentamente el anillo de compromiso. El diamante brilló bajo las lámparas como si todavía quisiera fingir inocencia.

Luego lo dejó caer dentro de la copa de champagne de Alejandro.

El sonido fue pequeño.

Pero partió la noche en 2.

—Ahí tienes —dijo ella—. Para que empieces a pagar lo que debes.

Alejandro quiso tomarle la mano.

Arturo se movió apenas.

No necesitó decir nada.

Alejandro retrocedió.

Entonces, desde el fondo del salón, apareció don Ricardo Montes, el padre de Valeria. Venía pálido, con la corbata floja y el rostro de un hombre que acaba de entender que también está atrapado.

—Arturo —dijo con voz temblorosa—. Esto era innecesario.

Valeria se giró.

—¿Tú sabías?

Su padre no contestó.

Ese silencio fue peor que un grito.

—Papá… dime que no sabías.

Ricardo miró al piso.

—Quería protegerte.

Valeria soltó una carcajada quebrada.

—¿Protegerme de qué? ¿De la verdad o de que se cayera tu negocio con los Villarreal?

Arturo tomó otra hoja del sobre.

—Tu padre no firmó el fraude. Pero sí aceptó callar cuando sospechó que Alejandro se acercaba a ti por interés.

Valeria dio un paso hacia atrás.

—No puede ser.

Ricardo intentó acercarse.

—Hija, yo pensé que si él terminaba enamorándose de ti…

—¿Terminaba? —Valeria se llevó una mano al pecho—. ¿Me dejaste ser usada con la esperanza de que el estafador desarrollara sentimientos?

Una mujer mayor empezó a llorar en una mesa cercana.

Alguien murmuró: “Qué poca madre”.

Y por primera vez, Ricardo Montes no tuvo cómo defenderse.

Camila, desesperada, cayó de rodillas.

—Vale, perdóname. Yo estaba celosa. Tú siempre eras la perfecta. La que todos querían. La que mamá extrañaba hasta cuando estaba viva.

Valeria se quedó inmóvil.

El nombre de su madre cambió algo en el rostro de Arturo.

Fue un gesto mínimo.

Pero Valeria lo vio.

—¿Por qué reaccionó así? —preguntó ella, mirando a Arturo.

Él no respondió de inmediato.

Ricardo levantó la cabeza con terror.

—No.

Arturo lo miró.

—Ya pasó demasiado tiempo.

Valeria sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Qué está pasando?

Ricardo empezó a sudar.

—Valeria, vámonos. Ahora.

—No me vuelvas a dar órdenes —dijo ella—. Ya no.

Arturo sacó una fotografía vieja de su cartera.

La puso sobre la mesa.

En la imagen aparecía una mujer joven, hermosa, con los mismos ojos intensos de Valeria. Estaba abrazada a un Arturo mucho más joven, sin canas, sin cicatriz, sonriendo como un hombre que todavía creía que podía tener una vida limpia.

Valeria tomó la foto con manos temblorosas.

—Esa es mi mamá.

Arturo asintió.

—Se llamaba Elena. Y antes de casarse con Ricardo, fue la mujer que yo más amé.

El salón entero quedó helado.

Ricardo cerró los ojos.

Valeria sintió que las piernas le fallaban.

—Mi mamá nunca habló de usted.

—Porque tu padre se lo prohibió —dijo Arturo—. Y porque yo desaparecí para protegerla.

Ricardo explotó.

—¡Tú no tenías derecho a volver!

Arturo dio un paso hacia él.

—Tú no tenías derecho a mentirle toda la vida.

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