Más tarde esa noche, yace en su cama, solo, y la soledad no es tan intensa. Es espacioso. La habitación parece pertenecerle, no a la tradición de nadie, no a las expectativas de nadie. Apaga la luz cuando quiere, la deja encendida cuando quiere, se mueve libremente sin calcular dónde podría estar otro cuerpo. Te das cuenta de que no solo terminaste un matrimonio. Terminaste con un patrón en el que se esperaba que toleraras la incomodidad por respeto. No arruinaste nada. Te negaste a que te arruinaran. Y en esa negativa, le diste a tu yo futuro un regalo que ninguna boda podría haber prometido: una paz que no requiere permiso.
Así que, cuando alguien te pregunte después por qué terminó, no le des una explicación larga a menos que realmente la merezca. No representes tu trauma por diversión. Simplemente di: «Porque elegí la seguridad sobre la tradición». Y si te llaman dramático, déjalos. Si te llaman irrespetuoso, déjalos. Sabes lo que eres ahora: una persona que escucha su propio cuerpo, una persona que no confunde silencio con consentimiento, una persona que entiende que el amor sin protección no es amor. Es conveniencia. La noche que se suponía que coronaría tu matrimonio terminó coronando algo completamente distinto. Coronaba tu límite. Coronaba tu claridad. Coronaba tu vida.
EL FIN