—Buenas noches. Me llamo Julián Cárdenas. Mi caballo se quebró una pata dos leguas atrás. Llevo horas caminando. ¿Tendrá un rincón donde pueda pasar la noche?
Mateo lo estudió con calma.
—¿Está herido?
—Solo cansado. Y muerto de frío.
—¿Va armado?
El desconocido esbozó una sonrisa rápida.
—Solo con encanto.
Mateo no se rio.
—Hay cobijas junto al fogón. El piso es suyo. Pero se comporta.
Julián entró como si el lugar le perteneciera. Sus ojos recorrieron la habitación: Leonor, el baúl, la mesa, el rifle, la salida.
—Acogedor —comentó—. No imaginé encontrar una pareja aquí metida.
Leonor alzó la vista.
—Eso pasa cuando imagina demasiado.
Julián soltó una risa baja y se acomodó cerca del fuego, demasiado cerca del baúl.
La tormenta arreció durante la madrugada. Pero en la cabaña no fue el viento lo que mantuvo despierta a Leonor. Era la respiración del forastero. Demasiado pareja. Demasiado calculada.
En voz muy baja, murmuró:
—No está dormido.
Desde la mesa, sin dejar de fingir que arreglaba una correa, Mateo respondió:
—Lo sé.
Hubo un silencio.
—¿Ya había visto algo así? —preguntó Leonor.
Mateo tardó un momento.
—Mi hermano una vez llevó a casa a un hombre que juraba deberle la vida. Resultó que prefería quitarme la mía antes que ganarse la suya.
—¿Y qué pasó?
Mateo la miró por fin.
—Que desperté primero.
Leonor asintió. No hubo drama. Solo verdad.
Al amanecer, el viento había amainado, pero la tensión seguía en el aire. Julián se incorporó demasiado rápido para alguien supuestamente agotado y comenzó a bromear sobre el desayuno. Mateo siguió echando leña al fuego sin apartarle el ojo. Leonor tenía una mano bajo el rebozo, cerca del revólver que no había tocado en años.
Todo ocurrió en un segundo.
Julián se lanzó hacia el rifle junto a la puerta.
Mateo lo embistió con el hombro y lo estampó contra la pared. El forastero sacó una navaja. Antes de que pudiera usarla, Leonor ya estaba de pie, apuntándole al pecho con el revólver.
—Suéltela.
Julián la miró, incrédulo.
—Usted no va a disparar.
La expresión de Leonor no cambió.
—He enterrado cosas peores que a usted. No me pruebe.
El hombre vaciló. Miró a Mateo, luego a ella. Finalmente dejó caer la navaja al piso.
—Los dos están locos.
—No —dijo Mateo—. Solo sabemos cuidar lo nuestro.
—Fuera —ordenó Leonor.
—Allá afuera me voy a congelar.
—Entonces camine rápido.
Julián dudó un segundo, el suficiente para comprender que esta vez no había engaño posible. Salió maldiciendo, dando un portazo que hizo vibrar la ventana.
Cuando el silencio regresó, Leonor dejó el revólver detrás de una lata de harina.
Mateo se quedó observándola.
—Ya había hecho eso antes.
—Las veces necesarias para aprender que no siempre conviene esperar a que otro te salve.
Él asintió. Y en ese gesto hubo respeto. Limpio, entero, sin lástima.
Los días siguientes transcurrieron con una calma nueva. Repararon la cerca del lado sur. Dieron de comer a las gallinas. Acarrearon agua. Discutieron si era peor el frío o la necedad humana. Hablaron poco, pero cada palabra se iba quedando donde debía.
Una tarde, al regresar del pozo, Leonor encontró una segunda silla colocada junto al fuego, al lado de la de Mateo. Su baúl había sido movido apenas lo suficiente para hacer espacio.
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