Él no dijo nada.
Ella tampoco.
Pero se sentó.
Esa noche, mientras el café hervía, Mateo carraspeó.
—El sábado habrá baile en el salón del pueblo.
Leonor levantó la mirada.
—¿Usted baila?
—Mal. Pero prefiero hacerlo acompañado.
Ella dio un sorbo lento.
—¿Me está invitando a entrar a un cuarto lleno de gente que ya decidió quién soy?
Mateo sostuvo su mirada.
—No. Le pregunto si quiere estar a mi lado mientras intentan entender por qué sonrío más que de costumbre.
Por primera vez en mucho tiempo, Leonor sintió vergüenza… no de sí misma, sino de la ternura que le subió al pecho.
—¿Está seguro?
—He estado seguro de menos cosas y aun así me he arriesgado.
Ella no dijo que sí.
Pero tampoco dijo que no.
El sábado por la noche, el cielo estaba despejado y el aire olía a leña y a tierra helada. Leonor se puso un vestido sencillo color vino oscuro, bien planchado, y prendió en su cabello un toque de lavanda que había guardado en el fondo del baúl desde hacía años. Mateo llegó con la carreta limpia y un saco prestado que le quedaba un poco ajustado en los hombros.
Cuando entraron al salón, la música de violín y guitarra no se detuvo, pero muchas conversaciones sí.
Algunos la recordaban como la mujer rechazada en la estación. Otros como la forastera demasiado grande para casarse, demasiado entera para dar lástima. Ella oyó los murmullos. Uno le llegó con claridad:
—Ya está muy vieja para esas cosas.
Leonor no bajó la cabeza.
—Qué bueno —le dijo a Mateo, con una media sonrisa—. Así bailo para mí, no para ellos.
Él sonrió de verdad.
Salieron a la pista.
No eran los más elegantes. No tenían pasos pulidos ni giros perfectos. Pero bailaban como dos personas que ya habían sufrido suficiente como para no deberle nada al juicio ajeno. Poco a poco, los murmullos fueron apagándose. No porque el pueblo hubiera cambiado de corazón, sino porque Leonor caminaba con una dignidad que no pedía permiso.
Al volver a la cabaña, la noche parecía más suave.
Mateo puso agua al fuego.
—Nunca me contó por qué vino en realidad —dijo ella.
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