No era la primera vez que la vida la dejaba plantada.
Había enterrado a un marido trabajador pero seco, a un hijo pequeño que no llegó a cumplir tres años, y después había soportado años de silencio en una casa donde nadie la miraba como si siguiera siendo una mujer completa. Pero aquello dolía distinto. Aquello tenía humillación.
—El próximo tren hacia el este sale hasta el jueves —dijo el empleado de la estación, asomándose por la ventanilla—. Si quiere, puede dejar aquí su baúl.
Leonor alzó la barbilla.
—Gracias. Puedo cargarlo.
Y lo cargó.
Cruzó la calle principal bajo las miradas de la gente que fingía no mirarla. Pasó frente a la tienda de abarrotes, frente a la herrería, frente a la capilla donde una campana sonó una sola vez, sin entusiasmo. Nadie se acercó. Nadie preguntó nada.
Al final de la calle, tuvo que detenerse a recuperar el aliento. Sus dedos, bajo los guantes, ardían de frío. Fue entonces cuando oyó una voz masculina a su espalda.
—Parece que arrastra más de lo que trae en el baúl.
Leonor se volvió.
El hombre estaba recargado en un poste, afuera de una pequeña caballeriza. Alto, moreno, de hombros anchos, con un abrigo remendado a la altura del hombro y una expresión tranquila. No sonreía, pero tampoco parecía burlarse.
—Depende —respondió ella—. ¿Ofrece ayuda o juicio?
El hombre inclinó apenas la cabeza.
—Ayuda. Los juicios se los dejo a los que abandonan mujeres en la estación.
Leonor lo miró con atención.
—¿Y siempre invita a cenar a las desconocidas?
—Solo a las que siguen de pie después de que las tiran.
Por primera vez en todo el día, Leonor sintió una grieta en el hielo que llevaba dentro.
El hombre se llamaba Mateo Barrera. Vivía solo en una cabaña a las afueras del pueblo, rumbo a la sierra. Tenía un caballo viejo, dos gallinas insoportables y una paciencia que no necesitaba presumirse. El camino fue silencioso, pero no incómodo. La nieve crujía bajo las ruedas de la carreta y el humo de las chimeneas quedaba atrás.
Ya casi al llegar, Mateo habló:
—¿Vino por ese hombre?
Leonor observó el horizonte blanco.
—Vine por la honestidad. Y me recibió una mentira con sombrero.
Él soltó una respiración seca.
—Entonces él no fue un tonto.
—¿No?
—No. El tonto no sabe lo que hace. Ese sí sabía.
La cabaña era modesta, pero cálida. Olía a pino, a leña y a café de olla. Mateo entró el baúl sin hacer preguntas y lo dejó cerca del fuego.
—La silla es suya. El fogón está caliente. Y después de que oscurece, no acostumbro interrogar a nadie.
Leonor lo miró de reojo.
—¿Vive solo?
Mateo avivó el fuego.
—Hace mucho. Aunque no siempre fue así.
Ella se quitó los guantes.
—Yo tuve cabras una vez. Se comían todo… menos la Biblia y la cerca.
Él levantó una ceja.
—Eso la vuelve viuda o pastora.
—Las dos cosas.
No explicaron más. No hacía falta. Dos personas que han perdido suficiente se reconocen sin necesidad de contar el inventario completo de sus heridas.
Esa noche cenaron frijoles, tortillas recalentadas y café fuerte. La lumbre crujía entre ellos cuando tocaron a la puerta: tres golpes secos, demasiado firmes para un hombre perdido de verdad.
Mateo se puso de pie de inmediato y tomó el rifle que descansaba junto al marco.
Abrió apenas.
Un hombre cubierto de escarcha esperaba afuera.
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