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La mujer que nunca gritaba guardó pruebas durante tres años, y cuando él la traicionó en público, convirtió su noche de placer en la vergüenza más cara de su vida

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PARTE 1

“Llévame al hotel más caro de la Ciudad de México, Alejandro… quiero sentir que valgo más que tu esposa.”

Eso le dijo Camila, con una sonrisa roja y peligrosa, mientras se acomodaba el cabello frente al espejo de la oficina. Alejandro Montes, director financiero de una firma poderosa en Santa Fe, no se sintió culpable. Al contrario. Sonrió como quien acaba de escuchar una orden deliciosa.

Tenía cuarenta y ocho años, trajes italianos, reloj suizo, camioneta blindada y una seguridad insoportable de hombre acostumbrado a que todos le abrieran puertas. En casa lo esperaba Teresa, su esposa de diecisiete años: discreta, educada, siempre impecable, siempre callada. Para Alejandro, Teresa era parte del paisaje elegante de su vida. La madre correcta de sus hijos, la anfitriona perfecta en cenas de negocios, la mujer que jamás preguntaba demasiado.

Por eso le resultó tan fácil mentirle.

—Tengo junta en Monterrey todo el fin de semana —le dijo el jueves por la noche, mientras ella doblaba sus camisas con calma.

Teresa solo levantó la vista.

—¿Otra vez tan de último momento?

—Así es el dinero, Tere. No espera.

Ella no respondió. Guardó una corbata azul en la maleta y le recordó que llevara sus pastillas para la presión. Alejandro sintió una pequeña punzada, no de culpa, sino de molestia. Esa tranquilidad de Teresa siempre lo irritaba. Nunca gritaba, nunca reclamaba, nunca parecía competir por nada.

El viernes por la tarde, Alejandro pasó por Camila en Polanco. Ella tenía veintisiete años, trabajaba como analista junior en su empresa y sabía perfectamente cómo mirarlo para hacerlo sentirse joven, poderoso e indispensable.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, subiendo a la camioneta.

—Al Gran Palacio Reforma —respondió él, disfrutando su cara de sorpresa.

Camila abrió los ojos.

—¿Al de la avenida? ¿El de los presidentes y artistas?

—A la suite presidencial.

Ella soltó una carcajada nerviosa, encantada. Alejandro se sintió invencible. Había reservado con una llamada, usando su nombre, su cargo y la promesa de futuras cuentas corporativas. Para él, México era una mesa donde solo importaba tener la tarjeta correcta.

Al llegar, el hotel parecía un palacio antiguo: cantera rosa, vitrales, mármol, lámparas enormes y empleados que caminaban como si no tocaran el piso. Camila quiso sacar el celular para grabar el lobby, pero Alejandro le bajó la mano.

—No parezcas turista, por favor.

Ella se sonrojó, pero obedeció.

En recepción, la sonrisa de la encargada se volvió más fina cuando escuchó su nombre.

—Bienvenido, señor Montes. Su suite está lista. Hemos dejado champaña fría, como solicitó.

Subieron por un elevador privado. La suite era descomunal: sala con piano, comedor, terraza con vista al Ángel, baño de mármol y una cama tan grande que Camila brincó sobre ella como niña rica recién inventada.

—Esto es otra vida —dijo.

—No, mi amor —corrigió Alejandro, sirviéndole champaña—. Esta es mi vida.

El primer día fue perfecto. Comieron mariscos, pidieron vino carísimo, bajaron al restaurante del hotel y Camila lo miró toda la noche como si él hubiera construido la ciudad con sus propias manos. Alejandro habló de inversiones, rivales derrotados, bonos millonarios y decisiones que, según él, movían el país.

En ningún momento pensó en Teresa.

O eso quiso creer.

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