A la mañana siguiente, mientras Camila dormía, Alejandro salió del vapor envuelto en una bata blanca. Se miró al espejo y entonces vio algo bordado sobre la tela: dos letras entrelazadas, discretas, plateadas.
T y R.
Frunció el ceño.
Las mismas iniciales estaban en la papelería del escritorio, en las servilletas de lino, en una pequeña caja de chocolates artesanales y hasta en el menú del servicio a cuarto. T y R. Algo en esas letras le incomodó, como una canción conocida sonando desde muy lejos.
Llamó al mayordomo.
—Disculpe, ¿qué significan estas iniciales?
El hombre dudó apenas un segundo.
—Son parte de la historia del hotel, señor.
—Eso no responde mi pregunta.
—Representan a la familia propietaria.
Alejandro sintió un frío extraño en el estómago. Familia propietaria. T y R.
Teresa Rivas.
No. Era imposible.
La familia de Teresa había tenido dinero, sí, pero Alejandro siempre la consideró una heredera venida a menos. Su suegro, don Ramiro Rivas, había sido un hombre amable, silencioso, de esos que hablaban de tradición y esfuerzo, pero sin presumir nada. Alejandro recordaba vagamente que había tenido negocios hoteleros pequeños, quizá en provincia, nada parecido a ese monumento de lujo.
—Qué tontería —murmuró.
Camila despertó y lo vio pálido.
—¿Qué tienes?
—Nada. Cosas del trabajo.
Pero durante todo el día, Alejandro vio esas letras en todas partes. T y R. T y R. T y R. Como si el hotel entero se estuviera burlando de él en silencio.
Esa noche, decidido a recuperar el control, llevó a Camila otra vez al restaurante principal. Ella usaba un vestido rojo que él mismo le había comprado. Él pidió el vino más caro de la carta.
—Por nosotros —dijo Camila, levantando la copa.
Alejandro iba a brindar cuando notó que el ambiente cambió. Los meseros se enderezaron. El gerente apareció en la entrada. Un abogado de cabello canoso caminó detrás de una mujer vestida con un traje azul marino, elegante, firme, imponente.
Alejandro dejó de respirar.
Era Teresa.
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