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La envió a PRISIÓN embarazada por otra mujer……

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Estaba sumergida y ahogada en un insondable océano de lágrimas mudas, completamente paralizada por el puro y descarnado espanto de saber, con la más aterradora y absoluta de las certezas que el padre biológico de las dos criaturas inocentes, que ya crecían en secreto dentro de su vientre castigado, era en realidad un monstruo sin alma, un auténtico demonio disfrazado con el elegante traje de un caballero respetable.

La sentencia definitiva e inapelable cayó sobre el solemne y expectante silencio de la inmensa sala, como una gigantesca y aplastante losa de granito sobre una tumba recién abierta, pesada, asfixiante, irrevocable y totalmente demoledora para cualquier esperanza de futuro.

Cuando el veterano magistrado pronunció con voz firme y monótona los largos y crueles años de condena en prisión firme y sin fianza, el golpe seco y sordo del mazo de madera resonó en las altas paredes forradas de Caoba, como un trueno definitivo y apocalíptico que partió la joven vida de la mujer en cinta en dos mitades sangrantes e irreconciliables.

En ese segundo eterno y desgarrador de silencio sepulcral que siguió ineludiblemente al dramático veredicto condenatorio, el tiempo pareció detenerse por completo en todo el universo conocido. Isabella se giró muy lentamente con una pesadez cadavérica hacia los abarrotados bancos de madera del público asistente, arrastrando sobre sus espaldas

las pesadas cadenas invisibles de una condena profundamente injusta, buscando desesperadamente, por última y agónica vez, los ojos traicioneros del hombre, que la había condenado al peor de los ostracismos imaginables.

Mateo estaba allí de pie en la codiciada primera fila, luciendo un aspecto impecable, insultantemente triunfante y altivo. A su lado, estrechando su brazo con orgullosa posesión territorial, se encontraba Valeria, luciendo una repulsiva sonrisa de superioridad y un gigantesco anillo de compromiso plagado de diamantes que destellaba bajo las luces artificiales con la hiriente insolencia de la riqueza robada y manchada de sangre inocente.

Sus miradas se cruzaron a través de la densa atmósfera de la sala de vistas por una brevísima e intensa fracción de segundo. En los ojos enrojecidos e hinchados de ella había un inabarcable y turbulento océano de dolor, una súplica muda y desesperada a la misericordia divina, el ruego

desgarrador de una madre soltera que iba a parir en el más oscuro cautiverio por unos crueles pecados terrenales que no le correspondían en absoluto. en los ojos oscuros y calculadores de él.

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