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La envió a PRISIÓN embarazada por otra mujer……

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Por el contrario, no habitaba absolutamente nada, ni una minúscula pisca de sano remordimiento, ni un miserable y cristiano ápice de compasión o humanidad elemental. Tan solo brillaba con fuerza el alivio cobarde, vil y egoísta, de quien se ha librado de la orca en el último minuto, pateando sin piedad el taburete bajo los pies de otra persona inocente.

Le sostuvo la mirada a la mujer destruida con una frialdad verdaderamente glacial, impropia de un ser vivo. dio media vuelta con absoluto e insultante de esparpajo y abandonó la sala del juzgado a paso firme, dejándola atrás para siempre, lista y sentenciada, para regresar en un

furgón blindado a la cruda, gélida y solitaria oscuridad de aquella celda húmeda, donde ahora, bajo la pálida luz de la luna, la justicia implacable y divina empezaba a tomar nota rigurosa de cada una de sus lágrimas derramadas.

El implacable y seco eco del mazo del magistrado aún reverberaba en los tímpanos de Isabela cuando el furgón policial la devolvió entre sacudidas violentas a las gélidas entrañas de la prisión provincial.

El regreso a aquella celda no fue un mero trámite administrativo, sino un descenso vertiginoso a la boca del infierno. Las contracciones, que habían comenzado como un aviso sordo y amenazante durante el trayecto desde el juzgado, se desataron con la furia incontrolable de un temporal marítimo, en el

preciso instante en que la celadora cerró la pesada puerta de hierro macizo a sus espaldas, pasando el cerrojo con un estruendo metálico que sonó a condena eterna. No hubo médicos con batas impolutas a su alrededor, ni sábanas de hilo blanco, ni anestesia para mitigar el tormento, mucho menos la mano reconfortante de un esposo para sostener la suya.

El parto de los gemelos fue un viacrucis de agonía física, un trance primitivo mitigado única y exclusivamente por esa fuerza sobrenatural e indomable que el creador concede a las madres cuando se encuentran al límite absoluto de la resistencia humana.

Diego y Luna llegaron a este mundo hostil sobre la aspereza de un colchón de lana apelmazada en un catre carcelario, bajo la mortescina y parpade luz de una bombilla desnuda que colgaba del techo como un corazón a punto de detenerse.

Sus primeros e intensos llantos cortaron el aire denso y viciado de la galería penitenciaria. Fue un grito de pura vida, desafiando frontalmente a la muerte, a la miseria y a la desolación que amenazaban con engullirlos.

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