Te instituyo como mi única y universal heredera, Isabela. El grupo Holding de la Vega, las torres de oficinas en el Paseo de la Castellana, las participaciones bancarias. Todo el imperio es desde hoy de tu exclusiva propiedad, tuyo y de esos dos ángeles que duermen ahí.
Isabella sintiendo como el corazón le golpeaba violentamente contra las costillas y el oxígeno le faltaba en los pulmones, intentó rechazar instintivamente aquel ofrecimiento titánico. “Es un peso desmesurado, doña Leonor.
No puedo, en buena conciencia cristiana, aceptar algo de semejante magnitud no me corresponde por lazos de sangre.” Pero la fiera anciana la mandó callar de inmediato con un gesto tajante y autoritario, reuniendo los últimos e ínfimos restos de la formidable energía vital que otrora la hiciera gobernar el país.
Tonterías. La sangre no es más que agua sucia teñida de rojo, chiquilla. Esa misma sangre fue la que me vendió por unas monedas de plata. Tú me tendiste la mano cuando me moría de hambre y asco.
Me trataste con dignidad humana cuando el mundo me repudiaba como a un animal sarnoso y me diste el calor incalculable de una familia leal. Tú eres mi verdadera hija a los ojos de Dios todopoderoso y Diego y Luna son los únicos nietos que reconozco.
Úsalo. Emplea este inmenso poder para hacer justicia, no venganza. Aplasta financieramente a quienes te crucificaron sin piedad y constrúyele un reino inexpugnable a los tuyos. Prométemelo aquí y ahora, sobre mi lecho de muerte, completamente sobrepasada por la monumental trascendencia del momento, pero poseída por una determinación nueva y feroz que no admitía dudas.
Isabela apretó con firmeza reverencial las manos heladas de Leonor. Asintió con lentitud y solemnidad, mientras un reguero de lágrimas silenciosas empapaba sus mejillas pálidas. Se lo juro por mi vida, madre, por Dios nuestro Señor y por el alma de mis hijos.
Le doy mi palabra sagrada de que su gigantesco legado no caerá en saco roto. Habrá justicia. Doña Leonor, al escuchar aquel juramento de sangre, esbozó una última y levísima sonrisa, una sonrisa de paz interior infinita, la de una estratega magistral que acaba de coronar a la reina perfecta en el tablero antes de abandonar la partida.
Cerró los ojos con pesadez, exhaló un larguísimo suspiro que se fundió con el lamento del viento helado, repiqueteando contra el cristal de la celda, y entregó plácidamente su alma al creador.
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