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La envió a PRISIÓN embarazada por otra mujer……

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Aquella larga y amarga noche de luto, Isabeló en solitario los restos mortales de su maestra, amiga y salvadora, hasta que las sombras se disiparon. Mientras los primeros e incipientes rayos rosáceos del amanecer despuntaban tímidamente en el horizonte de la meseta, iluminando con delicadeza los rostros angelicales y pacíficos de Diego y Luna dormidos en su catre, Isabella estrechó el fajo de documentos contra su corazón palpitante.

En la penumbra de aquel penal olvidado se había consumado un milagro asombroso y definitivo. La crisálida se había roto para siempre. La joven secretaria, dócil, ingenua y apaleada, que había entrado llorando desconsolada por aquella puerta blindada, había muerto junto a la anciana.

Las injusticias sufridas, el amor maternal sin límites y la herencia intelectual y económica de una leyenda de las finanzas, habían forjado en el silencio de las tinieblas a una soberana de voluntad inquebrantable.

Revestida de un poder colosal y dispuesta a todo. La inexorable ley de la siembra y la cosecha había echado raíces profundas en el fango de la prisión. Con el imponente grupo de la Vega como su espada justiciera, Isabela estaba por fin lista para salir al mundo exterior a reclamar lo que era suyo.

La cuenta regresiva para la aniquilación de Mateo y de todos aquellos que la habían despreciado, acababa de ponerse en marcha y el karma, siempre puntual y exacto en sus cobros, se preparaba para desatar la tormenta perfecta sobre Madrid.

El inexorable reloj del tiempo, ese juez mudo que todo lo cura y todo lo cobra, devoró cinco largos años. Un lustro entero de calendarios tachados en la penumbra, de inviernos gélidos superados a base de fe y de una voluntad férrea que se forjó en las entrañas mismas de la desesperación.

Tal y como la difunta doña Leonor había profetizado en su lecho de muerte, la maquinaria de la justicia terrenal, aunque exasperantemente lenta y a menudo ciega, terminó por encarrilarse gracias al minucioso trabajo en la sombra de don Anselmo.

El Tribunal Supremo dictó en un fallo histórico y unánime que hizo temblar los cimientos del panorama financiero nacional, la absolución póstuma de la matriarca de los de la Vega y de manera colateral y aplastante la exoneración total de Isabela.

Las pruebas periciales presentadas eran irrefutables. El complot de los sobrinos de Leonor quedó expuesto a la luz pública con la misma crudeza con la que se destripan los pescados en el mercado, arrastrando en su caída libre la telaraña de mentiras, que también había sepultado a la joven madre.

La mañana en que las pesadas puertas de acero de la prisión provincial se abrieron de par en par, liberando a su prisionera más ilustre, el cielo de la meseta castellana estaba teñido de un azul purísimo, casi insultante.

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