No dejé de reírme hasta que los tres empezaron a verse entre ellos.
—¿Qué te pasa? —me soltó Karla, ya sin esa seguridad de hace un segundo.
Me limpié una lágrima de la risa y miré el tambo donde el cheque se estaba haciendo ceniza.
—¿De verdad pensaron que el dinero estaba ahí?
Mi mamá frunció el ceño.
—Ese cheque es tu premio.
—No, mamá. Ese cheque era para la foto. El dinero me lo transfirieron hace semanas.
Nadie habló.
—La mayor parte ya está invertida. Lo que quemaron no era mi futuro —dije, bajando la voz—. Era lo último que me quedaba de confianza en ustedes.
El color se le fue del rostro a mi papá. Karla apretó los labios como cuando las cosas no salen como ella quiere. Mi mamá todavía quiso sostener la escena.
—No exageres, Daniela. Sólo queríamos hacerte entrar en razón.
—¿Quemando algo que creían que era mío? ¿Amenazándome para obligarme a darle dinero a Karla?
No me respondieron. No hacía falta. La respuesta estaba enfrente de mí, ardiendo.
Ese mismo día saqué mis cajas, bloqueé a Karla y dejé de contestar llamadas. Me mudé a un departamento pequeño en otra zona de la ciudad. Cambié rutinas, puse distancia y empecé a respirar un poco mejor. Por primera vez en años, desayuné sin escuchar indirectas, sin sentir que todo lo que yo hacía tenía que servirle a alguien más.
Pensé que con eso bastaba.
Me equivoqué.
Un mes después, recibí un sobre legal en la recepción del edificio. Lo abrí ahí mismo, todavía con el café en la mano.
Mis padres me estaban demandando.
Leí dos veces porque me parecía absurdo. Decían que yo les había prometido apoyo económico y que luego me había negado, provocándoles daño emocional. Daño emocional. Después de intentar destruir lo que creían que era mi premio, ahora se presentaban como víctimas.
Respiré hondo, me senté en las escaleras y llamé a Mauricio Salgado, el asesor que me había ayudado a proteger el dinero desde el principio.
—No te preocupes —me dijo apenas terminó de leer los documentos—. No tienen caso. Pero sí tienes que presentarte.
La audiencia fue tres semanas después. Yo llegué con un traje azul oscuro y las manos heladas. Mis padres estaban sentados con su abogado. Karla también fue, arreglada como si fuera a presumir una victoria antes de tiempo.
Cuando el juez abrió la sesión, mi mamá empezó a llorar de inmediato.
—Nosotros sólo queríamos que nuestra hija ayudara a su familia —dijo con voz temblorosa—. Después de todo lo que hicimos por ella, nos cerró la puerta.
Mi papá asintió, serio, como si él fuera el hombre más traicionado de México.
Entonces Mauricio se puso de pie.
Con una calma que casi daba miedo, explicó que no existía ninguna prueba de una promesa económica, que mi patrimonio estaba legalmente protegido y que, además, mis propios padres habían intentado destruir lo que ellos creían que representaba mi premio.
Luego entregó las fotografías del tambo, del cheque quemado y de las cenizas.
La sala se quedó en silencio.
Yo volteé hacia Karla. Por primera vez desde que todo había comenzado, ya no se veía soberbia. Se veía nerviosa.
El juez revisó cada documento despacio. Mi corazón latía tan fuerte que apenas escuchaba mi propia respiración. Y cuando levantó la vista, entendí que lo peor para ellos todavía no había llegado.
Lo que iba a decir en los siguientes segundos cambiaría todo… y nadie que estuviera ahí podría perderse la parte 3.
PARTE 3
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