PARTE 5: LO QUE EL DESIERTO NO PUDO BORRAR
Después de la boda, la vida no se volvió perfecta. Eso solo pasa en los cuentos mal contados. Josefina seguía despertando con dolor en la espalda. Mateo todavía tenía noches en que los recuerdos le llegaban revueltos y despertaba sudando, creyendo oír otra vez el rugido de la tormenta. Había días en que la pobreza tocaba la puerta antes que el amanecer. Pero ya no estaban solos. Y cuando el sufrimiento se comparte con amor, no pesa igual.
Mateo aprendió a preparar las infusiones que don Aurelio recomendó. Calentaba piedras envueltas en tela para ponerlas cerca de la espalda de Josefina durante las noches frías. Le construyó una silla fuerte bajo el mezquite. Levantó una pequeña cerca para que las cabras no se fueran lejos. Cada mañana llenaba los cántaros antes de que ella pudiera protestar.
—Me vas a malacostumbrar —decía Josefina.
—Eso espero —respondía él.
Ella, por su parte, volvió a cantar. Al principio apenas tarareaba mientras molía café o remendaba ropa. Mateo se quedaba quieto para escucharla, como si esa voz fuera una prueba más de que había regresado a su propia vida. Después cantaba más fuerte, canciones viejas de su madre, corridos suaves, versos de amor que parecían escritos para ellos.
La gente del pueblo empezó a visitarlos. No todos los días, porque el desierto seguía siendo lejos, pero sí lo suficiente para que el jacal dejara de ser un lugar olvidado. Los niños, que antes escuchaban historias de “la vieja loca”, ahora pedían que les contaran la historia de “la señora que esperó treinta años y ganó”. Josefina no decía que ganó. A ella esa palabra le parecía rara. El amor no era una competencia. Pero sonreía cuando los pequeños se sentaban bajo el mezquite y miraban a Mateo como si fuera un aparecido.
—¿Y no le dio miedo andar perdido tantos años? —preguntó una niña.
Mateo pensó antes de responder.
—Me dio más miedo no saber quién era.
—¿Y cuando se acordó?
Mateo miró a Josefina.
—Entonces entendí que uno no es solo lo que recuerda. También es lo que alguien ama de uno cuando uno se olvida de sí mismo.
Los adultos que escuchaban bajaban la mirada. Porque en esa frase había una verdad difícil.
Pasaron los meses. Luego un año. El jacal se volvió más firme. El pozo más seguro. El mezquite reverdeció después de una lluvia inesperada que llegó una tarde de agosto. Josefina salió bajo el agua con el rostro levantado. Mateo quiso cubrirla, pero ella lo detuvo.
—Déjame —dijo—. Hace mucho no sentía la lluvia sin miedo.
Él se quedó a su lado. Los dos se mojaron en silencio, riendo como jóvenes y llorando como viejos.
Con el tiempo, la historia cruzó más allá del pueblo. Llegaban personas de rancherías cercanas para conocerlos. Algunos traían flores. Otros veladoras. Una vez llegó una muchacha recién abandonada por su marido, con un bebé en brazos y los ojos hinchados de llorar. Le preguntó a Josefina cómo se hacía para esperar sin morirse por dentro.
Josefina la miró con ternura.
—Mija, no todas las esperas son iguales. Yo esperé porque mi corazón sabía algo que ni yo podía explicar. Pero no confundas amor con quedarte donde te están rompiendo. A veces la esperanza es esperar. Y a veces la esperanza es irse.
La muchacha lloró, pero salió de ahí más derecha.
Josefina no se volvió una santa ni una leyenda viva por gusto. Siguió siendo una mujer de carne y hueso. Había días en que se enojaba. Días en que le reclamaba a la vida los años robados. Días en que miraba las manos de Mateo y pensaba en los hijos que nunca tuvieron, en las fiestas que no bailaron, en las arrugas que llegaron sin permiso. Mateo también cargaba lo suyo. A veces se quedaba mirando el horizonte con una tristeza muda.
—¿Qué piensas? —le preguntaba ella.
—En todo lo que no pude darte.
Josefina le tomaba la mano.
—Dame hoy. Con eso vamos juntando.
Esa se volvió su manera de vivir: juntar días. Uno sobre otro. Sin exigirles demasiado. Un café al amanecer. Una tortilla compartida. Una tarde bajo el mezquite. Una visita del doctor. Una risa. Una mano buscando la otra en la oscuridad.
Cinco años después del regreso, Mateo empezó a escribir su historia con ayuda de un maestro del pueblo. No porque quisiera fama, sino porque tenía miedo de volver a olvidar. Escribía despacio, con letra torpe. Josefina se burlaba con cariño.
—Pareces niño de primaria.
—Pues enséñame, maestra.
Ella le dictaba detalles que él no quería perder: el olor de la tierra mojada, el color del vestido de la primera boda, la canción que sonó aquella tarde, el nombre de la cabra por la que salió durante la tormenta. Se llamaba Lucera. Mateo se reía al recordarlo.
—Treinta años perdidos por una cabra.
—No —decía Josefina—. Treinta años vencidos por una promesa.
Cuando Josefina cumplió ochenta y un años, el pueblo le organizó una comida bajo el mezquite. Hubo arroz, frijoles, mole, pan, café y una pequeña banda que tocó canciones antiguas. Josefina no podía bailar, pero Mateo la tomó de las manos y movieron los cuerpos apenas, sentados, riendo con vergüenza. La gente aplaudió. Josefina se sonrojó como muchacha.
Esa noche, cuando todos se fueron, ella se quedó mirando las velas apagadas.
—Nunca pensé que tanta gente iba a venir a verme.
—No vinieron a verte —dijo Mateo—. Vinieron a agradecerte.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Porque les enseñaste que hay amores que no se burlan del tiempo.
Josefina apoyó la cabeza en su hombro.
—Yo solo te esperé.
—Eso es mucho.
Los años siguieron avanzando. El cuerpo de Josefina se fue haciendo más frágil, como una vela pequeña protegida por dos manos. Mateo la cuidó con una paciencia que conmovía. A veces, cuando el dolor era fuerte, ella apretaba los dientes para no quejarse. Él le decía:
—No tienes que hacerte la fuerte conmigo.
Y ella respondía:
—Es que se me hizo costumbre.
Una madrugada fresca, Josefina despertó antes que él. Afuera todavía estaba oscuro. Le pidió que la ayudara a salir. Mateo la envolvió en un rebozo y la llevó hasta la silla bajo el mezquite. El cielo estaba lleno de estrellas.
—¿Te duele mucho? —preguntó él.
—Menos que antes.
—¿Antes cuándo?
Josefina sonrió.
—Antes de que volvieras.
Mateo se sentó a su lado. Ella sacó el medallón. La foto de dentro casi no se veía ya, gastada por los dedos, los años y las lágrimas. Pero ellos sabían quiénes estaban ahí.
—¿Te arrepientes? —preguntó Mateo de pronto.
—¿De qué?
—De haber esperado.
Josefina miró el camino de arena, el mismo que había mirado durante treinta años. Ya no le parecía una herida. Le parecía un puente.
—No —dijo—. Pero si pudiera hablar con la Josefina joven, le diría que también se cuidara a ella. Que esperar no significa dejar de vivir. Que el amor no debe pedirle a una mujer que se abandone. Yo esperé porque no pude hacer otra cosa, Mateo. Pero tú volviste y me enseñaste algo.
—¿Qué?
—Que el milagro no fue que regresaras. El milagro fue que todavía supimos amarnos después de tanto dolor.
Mateo lloró sin esconderse.
Josefina murió meses después, una mañana tranquila, mientras el sol apenas tocaba las paredes del jacal. No murió sola. Mateo estaba sentado junto a ella, sosteniéndole la mano. Ella abrió los ojos una última vez y miró hacia la puerta.
—Ya no tengo que mirar el camino —susurró.
Mateo besó sus dedos.
—No, mi amor. Ya llegué.
Ella sonrió. Y se fue con esa sonrisa.
El pueblo entero acompañó el entierro. Nadie la llamó loca nunca más. Bajo el mezquite dejaron flores, velas y una silla vacía. Mateo vivió todavía algunos años en el jacal, cuidando el pozo, las cabras y la memoria de Josefina. Cada tarde se sentaba donde ella se sentaba, mirando el camino no con espera, sino con gratitud.
Cuando él murió, pidieron que lo enterraran junto a ella. En la cruz pusieron sus nombres y una frase sencilla que el maestro escribió con letra clara:
“Ni el desierto, ni el tiempo, ni el olvido pudieron separar lo que era verdadero.”
Hoy, dicen que el mezquite sigue de pie. Más torcido, más viejo, pero vivo. Hay quienes pasan por ahí y dejan flores. Otros se quedan un rato en silencio, mirando el camino de arena. Algunos van por curiosidad. Otros, porque traen el corazón roto y necesitan creer que no todo lo que se pierde desaparece para siempre.
Y cuando el viento sopla suave al atardecer, los más viejos del pueblo dicen que parece una voz de mujer murmurando con ternura:
—Yo sabía que ibas a volver.
FIN
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