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En plena misa de mi abuela, mi sobrino volvió con los zapatos llenos de lodo y susurró: “Ella no está sola.” Mi tío quiso callarlo frente a 40 personas, pero mi madre se levantó, señaló el ataúd y dijo una sola frase… entonces escuchamos 3 golpes desde la madera cerrada.

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Pero antes de subir, Mateo miró hacia la esquina oscura del cuarto. Su rostro cambió. Ya no parecía asustado. Parecía estar escuchando.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Él susurró:

—Dice que todavía falta alguien.

—¿Quién?

Mateo levantó el rosario mojado.

—El que pidió que borraran su nombre.

Mi tío Ernesto se puso blanco.

El padre Aurelio alzó la mirada.

Y mi madre entendió antes que todos.

—No fue solo mi abuelo, ¿verdad?

Mi tío no respondió.

Entonces, desde arriba, volvió a escucharse un golpe.

No en el ataúd.

Esta vez venía de la puerta principal de la iglesia.

Alguien acababa de llegar a la misa de doña Chayo.

Y mi tío, al reconocer esos pasos, susurró con terror:

—No puede ser… él sigue vivo.

PARTE 3

El hombre que entró a la iglesia caminaba despacio, apoyado en un bastón oscuro.

Tenía más de 90 años, la espalda encorvada, sombrero gris y un traje café que parecía guardado para funerales ajenos. Al verlo, varias personas bajaron la mirada. Otras se hicieron a un lado como si todavía le tuvieran respeto o miedo.

Mi madre lo reconoció de inmediato.

—Don Julián.

Yo también había oído ese nombre.

Julián Castañeda.

Hermano mayor de mi abuelo. El último vivo de esa generación. Un hombre que durante años se presentó como “benefactor de la parroquia”, dueño de terrenos, compadre de presidentes municipales y guardián de las buenas costumbres del pueblo.

Mi tío Ernesto parecía no poder respirar.

—Él no tenía que venir —murmuró.

Don Julián se quitó el sombrero con una lentitud calculada.

—Vine a despedir a Rosario —dijo—. Aunque veo que ustedes están haciendo un escándalo donde debería haber respeto.

El padre Aurelio salió de la sacristía con la media fotografía en la mano.

—El respeto también se le debe a los muertos que fueron escondidos.

Don Julián miró la foto.

No se sorprendió.

Eso fue lo que más me estremeció.

No preguntó de dónde había salido, ni quién era la niña, ni por qué todos estábamos alterados. Solo apretó la mandíbula y miró a mi tío Ernesto como se mira a un perro que se soltó de la cadena.

—Te dije que quemaras esa basura.

Mi madre soltó un sonido ahogado.

—¿Usted sabía?

El viejo la miró sin culpa.

—Todos sabían lo necesario.

Mateo se escondió detrás de mí. El rosario seguía mojado en su mano, aunque ya no tenía sentido. No había lluvia dentro de la iglesia. Nadie lo había metido en agua. Sin embargo, las cuentas brillaban como si acabaran de salir de la tierra.

Don Julián miró al niño.

—Quítenle eso. Los niños inventan cosas cuando los adultos les dan importancia.

Mi madre dio un paso hacia él.

—¿Quién era Inés?

El viejo suspiró, fastidiado.

—Un error de juventud de Rosario.

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