—Claro que tenemos.
Bajamos despacio. Las paredes estaban manchadas de humedad. En una esquina, detrás de un mueble viejo, había una caja de madera cubierta de polvo. La tapa tenía unas iniciales grabadas torpemente con cuchillo.
I. M. R.
El padre Aurelio limpió la madera con la manga.
—Inés María Ramírez —dijo en voz baja.
Ramírez era el apellido de mi abuela antes de casarse.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—No puede ser.
—No prueba nada —dijo mi tío.
El padre lo miró.
—Entonces no deberías tener miedo de abrirla.
La caja crujió al levantarse la tapa.
Dentro había un vestido infantil amarillento, una cinta azul, recortes de periódico viejos, una medallita oxidada y media fotografía rota.
En la foto aparecía mi abuela de joven, tal vez de 20 años, con el cabello negro trenzado y los ojos tristes. En brazos llevaba a una niña de unos 5 años. La niña sonreía apenas. Tenía el mismo rosario que Mateo sostenía.
La otra mitad de la foto estaba arrancada.
Justo donde debía aparecer alguien más.
Mi madre empezó a llorar, pero no como en la misa. Lloraba con rabia.
—Ernesto, dime la verdad.
Mi tío no contestó.
—¡Dímela! —gritó ella—. Nuestra madre acaba de morir. ¿Todavía vas a seguir cuidando una mentira?
Él se recargó contra la pared, derrotado.
—Inés era hija de mamá.
El cuarto pareció quedarse sin aire.
—¿Qué? —susurré.
—Antes de casarse con mi padre —dijo él, sin mirarnos—. Mamá tuvo una niña. La familia de mi padre no la aceptó. Decían que una mujer con una hija “de nadie” era una vergüenza. La obligaron a esconderla.
Mi madre negó con la cabeza.
—No. Mamá jamás habría escondido a una hija.
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»