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En plena misa de mi abuela, mi sobrino volvió con los zapatos llenos de lodo y susurró: “Ella no está sola.” Mi tío quiso callarlo frente a 40 personas, pero mi madre se levantó, señaló el ataúd y dijo una sola frase… entonces escuchamos 3 golpes desde la madera cerrada.

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Y justo en ese momento, desde dentro del ataúd de mi abuela, sonaron 3 golpes lentos.

Uno.

Dos.

Tres.

Como si alguien, desde la madera cerrada, estuviera pidiendo que por fin escucháramos lo que toda la familia había enterrado durante décadas.

PARTE 2

Nadie se movió después de los 3 golpes.

Ni el padre Aurelio.

Ni mi madre.

Ni las señoras que un minuto antes rezaban como si el mundo siguiera en orden.

El ataúd de mi abuela quedó frente al altar, rodeado de flores blancas, pero ya no parecía un ataúd. Parecía una puerta. Y todos sabíamos, aunque nadie lo dijera, que algo estaba tocando desde el otro lado.

—Fue la madera —dijo mi tío Ernesto, demasiado rápido—. La humedad. Esta iglesia está vieja.

Nadie le creyó.

Mateo seguía de rodillas, con el rosario mojado apretado entre las manos. Yo lo levanté con cuidado. Estaba helado.

—¿Qué viste allá atrás? —le pregunté.

Él miró hacia la sacristía.

—Una niña. Tenía frío.

Mi madre cerró los ojos, como si esa frase le hubiera atravesado el pecho.

El padre Aurelio hizo una señal a 2 hombres del pueblo.

—Vamos a la sacristía.

Mi tío se interpuso.

—Padre, con todo respeto, esto es un funeral. No convierta la misa de mi madre en un circo.

El sacerdote lo miró con tristeza.

—Ernesto, si hay una niña escondida en esta historia, hace mucho dejó de ser solo asunto de familia.

Mi tío apretó los puños, pero no pudo decir más.

Entramos a la sacristía. Olía a incienso viejo, madera húmeda y tierra recién removida. Mateo caminó pegado a mí. Señaló una puerta baja al fondo, casi oculta detrás de una imagen rota de San José.

—Ahí.

El padre abrió la puerta. Había una escalera angosta que bajaba a un cuarto oscuro donde guardaban cajas de veladoras, manteles antiguos y figuras quebradas de Semana Santa.

—No tenemos que hacer esto —murmuró mi tío.

Mi madre se volvió hacia él.

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