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En plena misa de mi abuela, mi sobrino volvió con los zapatos llenos de lodo y susurró: “Ella no está sola.” Mi tío quiso callarlo frente a 40 personas, pero mi madre se levantó, señaló el ataúd y dijo una sola frase… entonces escuchamos 3 golpes desde la madera cerrada.

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—Es un niño. Está asustado. No sabe lo que dice.

Mateo negó con la cabeza.

—Sí sé. Ella estaba con una niña en el cuarto oscuro.

La anciana de negro murmuró:

—Santa Madre de Dios…

Mi tío se acercó con furia.

—Ya cállate, Mateo.

Me puse entre ellos.

—Ni se te ocurra gritarle.

Él me miró como si yo hubiera traído la desgracia.

—Ese niño está repitiendo cosas que no entiende.

Mateo apretó el rosario contra su pecho.

—La niña se llama Inés.

Mi madre dejó de llorar.

El padre Aurelio cerró los ojos.

Mi tío Ernesto, que no había derramado una sola lágrima por su madre muerta, empezó a temblar.

—¿Quién te dijo ese nombre? —preguntó mi madre con la voz rota.

Mateo levantó el dedo hacia la sacristía.

—Ella.

Todos volteamos.

No había nadie.

Solo la puerta abierta, una corriente fría y pequeñas gotas de agua sobre el piso de piedra, como huellitas mojadas que venían desde la sacristía hasta el ataúd.

Mi madre se puso de pie.

—Ernesto —dijo—. ¿Quién era Inés?

Mi tío abrió la boca, pero no salió nada.

Mateo miró de nuevo el ataúd.

—Dice que hay una caja debajo de las escaleras. Y una foto rota. Dice que no abran la caja delante de él.

—¿De quién? —pregunté.

Mi sobrino señaló a mi tío.

—De él. Porque él tiene la otra mitad.

Mi tío retrocedió como si el niño lo hubiera golpeado.

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