ANUNCIO

En plena misa de mi abuela, mi sobrino volvió con los zapatos llenos de lodo y susurró: “Ella no está sola.” Mi tío quiso callarlo frente a 40 personas, pero mi madre se levantó, señaló el ataúd y dijo una sola frase… entonces escuchamos 3 golpes desde la madera cerrada.

ANUNCIO
ANUNCIO

La mujer se santiguó.

—Porque ahí llora la niña.

Se me heló la espalda.

—¿Qué niña?

Antes de que pudiera responder, se escuchó un golpe seco desde la sacristía.

Toda la iglesia volteó.

El padre Aurelio dejó de hablar.

La puerta lateral se abrió despacio, rechinando como si alguien la empujara desde el otro lado.

Y apareció Mateo.

Pero no venía corriendo.

Venía caminando despacio, con la cabeza baja, los zapatos llenos de lodo y la camisa abierta de un botón. Su carita estaba pálida. Demasiado pálida.

—Mateo —corrí hacia él—. ¿Dónde estabas?

No me contestó.

Pasó junto a mí como si no me reconociera y caminó directo hacia el ataúd de mi abuela. Luego se arrodilló frente a él.

Nadie dijo nada.

Mi madre se llevó una mano a la boca.

Mi tío Ernesto dio un paso atrás.

Mateo levantó la mano derecha. Entre sus dedos apretaba un rosario pequeño, viejo, mojado, con cuentas oscuras y una cruz oxidada.

No era el rosario del ataúd.

Era otro.

—¿De dónde sacaste eso? —le pregunté, sintiendo que la voz no era mía.

Mateo giró la cara hacia mí.

Sus ojos eran los mismos, pero su mirada parecía cansada, como si hubiera llorado durante años.

Entonces susurró:

—Ella dice que no la enterraron sola.

La iglesia entera quedó muda.

El padre Aurelio bajó lentamente del altar.

—¿Quién te dijo eso, hijo?

Mateo señaló el ataúd.

—La señora Rosario.

Mi madre soltó un sollozo.

Mi tío Ernesto reaccionó de golpe.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO