—Tía Ana, ¿la bisabuela escucha la misa? —me preguntó.
—Tal vez desde el cielo.
—Entonces, ¿por qué el tío Ernesto está enojado?
Volteé a verlo.
Mi tío estaba junto a la primera banca, rígido, con las manos entrelazadas y la mandíbula apretada. No lloraba. No miraba el ataúd. Miraba la puerta lateral que llevaba a la sacristía, como si esperara que alguien saliera de ahí.
—A veces la gente se pone rara cuando está triste —le dije a Mateo.
Pero ni yo me creí esa respuesta.
El padre Aurelio empezó a hablar del descanso eterno. Las señoras contestaban las oraciones. Mi madre lloraba sin hacer ruido. Yo solté la mano de Mateo solo un instante para persignarme.
Un instante.
Cuando bajé la vista, mi sobrino ya no estaba.
Sentí que el corazón se me caía al piso.
—¿Mateo? —susurré.
Miré debajo de la banca, hacia el pasillo, entre las flores.
Nada.
—Mateo —dije más fuerte.
Mi madre volteó, alarmada.
Yo salí de la fila y empecé a buscarlo entre las bancas. Pensé que estaría escondido detrás de una columna o mirando las imágenes de los santos. Pero no aparecía.
Una anciana vestida de negro me tomó del brazo.
—No vaya sola a la parte de atrás, hija.
—¿Por qué?
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