Mi madre volteó hacia todos.
—Mi madre no descansó en vida porque ustedes ayudaron a callar. No me pidan que la calle también muerta.
Después de eso nadie volvió a protestar.
Mi tío Ernesto salió con 2 hombres a buscar la otra mitad de la fotografía. Regresó casi una hora después con un cuadro viejo de la Virgen de Guadalupe envuelto en una cobija. Sus manos temblaban tanto que el padre tuvo que ayudarle a quitar el cartón de atrás.
Ahí estaba.
La mitad faltante.
Al unir las dos partes, la imagen quedó completa.
Mi abuela Rosario aparecía joven, cargando a Inés. A un lado estaba mi abuelo, serio, con una mano sobre el hombro de ella. Pero detrás, ligeramente apartado, aparecía don Julián. Su mirada no estaba puesta en la cámara. Estaba fija en la niña.
Como si desde entonces ya la considerara un problema.
Mi madre se sentó en la primera banca y empezó a repetir el nombre de Inés.
—Mi hermana… mi hermana…
Yo nunca había visto un dolor así. No era solo tristeza. Era la violencia de descubrir que tu vida tuvo un hueco desde antes de que nacieras, y que todos alrededor se acostumbraron a caminar bordeándolo.
Mateo se acercó al ataúd. Quise detenerlo, pero él solo puso el rosario sobre la tapa y susurró:
—Ya vamos.
Nadie entendió a quién se lo decía.
Al caer la tarde llegaron las autoridades. También llegó gente del pueblo que no pudo resistir la curiosidad. El padre Aurelio pidió que se respetara el espacio, pero la noticia ya había corrido: en el funeral de doña Chayo había aparecido el nombre de una niña enterrada sin tumba.
Buscaron junto al muro antiguo de la iglesia, justo donde Mateo había señalado y donde la canaleta rota dejaba caer agua cada temporada de lluvias. La tierra estaba dura en algunas partes, blanda en otras. Había raíces, piedras, basura vieja.
Mi madre no se movió de ahí.
Mi tío Ernesto se arrodilló junto al muro sin que nadie se lo pidiera.
Don Julián permaneció sentado en una banca, rodeado de 2 sobrinos que lo cuidaban como si él fuera la víctima.
Cuando encontraron los restos, no hubo gritos.
Eso fue lo peor.
El silencio se volvió tan pesado que hasta los curiosos dejaron de murmurar.
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