La música llenaba cada rincón del salón de bodas en Ciudad de México. Luces doradas, mesas decoradas con flores blancas, copas brillando bajo los candelabros… todo parecía perfecto, como sacado de un sueño que muchas veces imaginé cuando era niña. Yo, Lucía Hernández, estaba de pie sobre el escenario, con el vestido blanco rozando el suelo, sintiendo cómo el corazón me latía tan fuerte que apenas podía escuchar otra cosa.
Abajo, entre los invitados elegantes, había una figura que contrastaba con todo ese lujo. Mi madre. Doña Rosa. Sentada con la espalda recta, las manos juntas sobre su regazo, como si temiera tocar algo que no le pertenecía. Su vestido era sencillo, amarillo claro, un poco gastado, pero limpio, bien planchado. Sus ojos… esos ojos que tantas veces vi cansados después de largas jornadas lavando ropa ajena… ahora brillaban. No por el lugar, no por la gente. Por mí.
Todo lo que soy… se lo debo a ella.
Recuerdo sus manos agrietadas, su voz diciéndome que estudiara, que no repitiera su vida. Recuerdo los días en que no comía para que yo pudiera hacerlo. Y ahora estaba ahí, en silencio, tratando de no llamar la atención en medio de un mundo que nunca fue el suyo.
La música bajó un poco. Era el momento de los discursos.
La madre de mi prometido, la señora Elena Castillo, subió al escenario con una sonrisa elegante. Vestido caro, joyas discretas pero evidentes, postura firme. Tomó el micrófono con la seguridad de quien está acostumbrada a ser escuchada.
—Queridos invitados… —comenzó con voz suave.
Yo sonreí. Pensé que diría algo bonito. Algo que cerrara este momento con alegría.
Pero no.
—Hoy es un día importante para nuestra familia… —hizo una pausa breve, mirando a su alrededor—. Y también para algunas personas que, digamos, han tenido suerte.
Hubo algunas risas nerviosas.
No entendí al principio. Hasta que la escuché continuar.
—Porque no todos los días alguien como mi hijo… termina casándose con alguien… de un origen tan humilde.
El aire se volvió pesado.
Sentí cómo mi sonrisa se congelaba lentamente. Miré a Diego. Él no dijo nada. Solo bajó la mirada.
—Pero bueno —continuó ella—, supongo que así es la vida. A veces… hay quienes saben aprovechar las oportunidades.
Algunas miradas comenzaron a cruzarse entre los invitados. Murmullos bajos.
Mi pecho empezó a arder.
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