—Aunque, claro —añadió con una leve risa—, hay detalles que no se pueden ignorar. Como los regalos. Nuestra familia entregó una buena cantidad en pesos, joyas, todo como debe ser… pero la familia de la novia…
Se detuvo. Sonrió.
—Bueno, digamos que fue algo… simbólico.
Alguien soltó una risa incómoda. Otro intentó callarla.
No miré a nadie. Solo a mi madre.
Ella ya no sonreía.
Sus manos temblaban ligeramente sobre su falda. Sus ojos evitaban levantarse. Como si quisiera desaparecer.
Algo dentro de mí se rompió.
—Y quiero dejar algo claro —la voz de la señora Elena se volvió más firme—. En esta familia hay reglas. Respeto. Nivel. Educación. Y espero que la nueva integrante lo entienda desde el primer
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como un golpe seco.
—…desde el primer día —terminó de decir la señora Elena.
Y en ese instante, algo dentro de mí dejó de contenerse.
No recuerdo haber pensado demasiado. Fue más bien una reacción, un impulso que venía acumulándose desde hacía años, desde cada vez que vi a mi madre agachar la cabeza para evitar problemas, desde cada humillación silenciosa que nunca respondimos.
Di un paso adelante.
—¿Ya terminó? —pregunté, con la voz más firme de lo que yo misma esperaba.
El salón entero se quedó en silencio. La música ya había parado. Ni siquiera los meseros se movían.
La señora Elena me miró, sorprendida, pero no incómoda. Todavía no.
—Lucía, querida, es solo un consejo para tu bien —respondió, con esa sonrisa que ahora me parecía insoportable.
Negué suavemente con la cabeza.
—No. No es un consejo.
Mi mirada bajó hacia mi madre. Seguía sentada, inmóvil, como si temiera empeorar las cosas con solo respirar.
Sentí un nudo en la garganta.
—Es una falta de respeto.
Un murmullo recorrió el salón.
Diego finalmente levantó la cabeza.
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