Yo me levanté de inmediato.
—No necesito lástima.
—No te la estoy dando. Estoy admirando que sigas haciendo música con los pedazos.
Tardé seis meses en aceptar una cena con él.
Héctor avanzó despacio, sin exigir nada. Me regaló una casita para pájaros hecha con sus propias manos porque, según él, “una mujer capaz de comprar cualquier cosa merece algo que no pueda encontrarse en una tienda”.
Conocí a su familia: mexicanos ruidosos, cariñosos, de esos que ponen más tortillas en la mesa aunque digas que ya no puedes comer. Su madre me abrazó oliendo a canela y me preguntó si prefería mole o pozole. Nadie habló de mi fortuna.
Un año después, cuando mi padre sufrió un infarto leve, Héctor se quedó conmigo doce horas en el hospital, sentado en una silla incómoda, sosteniéndome la mano sin mirar el reloj.
Ahí entendí la diferencia.
Fabián había amado la oportunidad de poseerme.
Héctor me amaba incluso cuando yo no podía ofrecerle más que miedo.
Dos años después, mientras preparábamos enchiladas en la cocina, Héctor se arrodilló con una cuchara de madera en la mano.
—No tengo un discurso elegante —dijo—. Solo sé que contigo quiero todos mis domingos. Los buenos, los difíciles y los que terminan con la salsa quemada. ¿Te casas conmigo?
Lloré.
Pero aquella vez mis lágrimas no nacían de la traición.
—Sí —respondí—. Pero la casita para pájaros se queda conmigo si algún día te portas mal.
—Trato hecho.
Cinco años después de mi primera boda, yo caminaba hacia un altar nuevamente. No llevaba un vestido exagerado ni cientos de invitados. Estaban mi padre, Beatriz, la familia de Héctor y un mariachi esperando para tocar nuestra canción al final de la ceremonia.
Antes de dar el primer paso, sentí miedo.
Héctor, desde el altar, levantó la mirada hacia mí.
No había ambición en sus ojos. No había cálculos. Solo una ternura tranquila que me mantuvo desde la distancia.
Entonces caminé.
Con el tiempo tuvimos dos hijos, Alba y Lucas. Mi padre alcanzó a cargar a ambos antes de morir en paz, orgulloso de la mujer en la que me había convertido.
Años más tarde, una tarde de lluvia, Begoña apareció en las oficinas de Titán. Ya no llevaba tacones plateados ni ropa elegante. Estaba envejecida, doblada por sus propias decisiones.
Venía a pedir ayuda para Leo, el hijo de Nerea y Fabián, un niño enfermo al que su madre había abandonado.
Pude haber cerrado la puerta.
En cambio, pagué su tratamiento.
No por ella.
No por Fabián.
Lo hice porque un niño inocente no debía pagar por las crueldades de los adultos.
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