Durante la cena serví carne demasiado cocida, puré con grumos y vino barato. Begoña probó un bocado e hizo una mueca de asco.
—Pobre Fabián. Ni siquiera casándote aprendiste a comportarte como esposa.
Todos rieron.
Nerea, sentada junto a mi marido, sorprendida.
—Algunas mujeres nacen para formar una familia, Inés. Otros simplemente no tienen lo necesario.
La miré a los ojos.
—Y ¿qué se necesita, Nerea? ¿Acostarse con el marido de otra?
El silencio cayó como una piedra.
Ella palideció.
—¿Qué dijiste?
—Perdón. Me confundí. Quise decir… apoyar a los amigos.
Me levanté con la jarra de vino en la mano y caminé hacia ella. Al pasar detrás de su silla, fingi tropezar.
El vino tinto cayó completo sobre su vestido.
Nerea se levantó de golpe, gritando. La tela mojada se pegó contra su abdomen y reveló la curva evidente de un embarazo de varios meses.
Fabián corrió hacia ella.
—¡Cuidado! ¿Estás bien? ¿Está bien el bebé?
Las palabras quedaron flotando en el comedor.
Nerea cerró los ojos.
Begoña dejó caer el tenedor.
Fabián comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.
Yo dejé la jarra sobre la mesa.
—Qué interesante pregunta, esposo mío.
—Inés, estás entendiendo mal…
—Siéntate, Fabián.
—No me hables así en mi casa.
Sonreí.
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