ANUNCIO

En mi noche de bodas me escondí bajo la cama para…

ANUNCIO
ANUNCIO

—Mañana mismo lo destruyo.

—No —respondí.

Beatriz me observó con atención.

—¿Qué quieres hacer?

Me limpié las lágrimas.

—Quiero que sigan creyendo que ganaron. Quiero que firmen su propia ruina.

Beatriz lentamente.

—Ahora sí estás hablando como hija de Arturo Herrero.

A la mañana siguiente, regresó a la suite antes de que Fabián despertara. Metí bajo las sábanas, me despeiné y fingi dormir.

Cuando abrí los ojos, me miró sobresaltado.

—¿Dónde estabas anoche?

—Bajé por agua —respondí con una sonrisa dócil—. No podía creer que por fin soy tu esposa.

Él relajó los hombros.

Me besó la frente.

Y yo tuve que contener las ganas de arrancarme la piel.

Dos días después, nos mudamos al departamento.

Begoña llegó antes de que termináramos de desempacar. Entró sin tocar, inspeccionando las paredes, los muebles y la cocina como si ya fuera dueña del lugar.

—La terraza necesitará plantas mejores cuando… bueno, cuando tengan tiempo —comentó.

Yo sonreí.

—Qué bueno que vino, suegrita. Quise hacerle un favor.

La llevé al cuarto de lavado.

Dentro de la lavadora giraba su abrigo favorito, uno beige, elegante, carísimo, que había dejado olvidado en casa de Fabián. El agua caliente y el detergente habían convertido la prenda en una masa encogida e irreconocible.

—¡Mi abrigo! —gritó Begoña—. ¡Ese abrigo costó una fortuna!

Me llevé las manos a la boca.

Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»

ANUNCIO
ANUNCIO