—Sí —dijo Esteban—. Y mejor de lo que imaginas.
Los vi salir.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Y sentí que dentro de mí también se cerraba algo.
No el amor. Eso ya estaba herido desde antes, aunque yo no lo supiera.
Lo que se cerró fue la ingenuidad.
—¿Qué hago ahora? —pregunté.
Esteban no respondió de inmediato.
Terminó su whisky, dejó el vaso en la mesa y entonces dijo:
—Nada, todavía. Observa. Escucha. Prepárate.
Regresé a casa sin recordar el camino.
Sé que tomé Lázaro Cárdenas, que me detuve en dos semáforos y que el vigilante de la entrada me saludó como siempre. Pero no guardo memoria del trayecto como algo lineal. Solo como una sucesión de luces difusas y pensamientos afilados.
Antes de entrar, volví a leer el mensaje de Raúl.
Voy a trabajar hasta tarde. Feliz cumpleaños.
Ahora era otra cosa.
No una desatención.
Una burla.
Abrí la puerta. La casa me recibió con su silencio habitual. Las llaves sobre la mesa de la entrada. El florero vacío en la consola. La lámpara encendida en la sala porque yo la había dejado así al salir. Todo igual. Y, sin embargo, no había un solo objeto que no me pareciera ligeramente falso.
Fui a la cocina y me senté.
Pensé en el beso.
En el sobre.
En la carpeta.
En las fotos.
En la frase de Esteban: la gente prepara su salida.
De pronto sonó la puerta del garaje.
Mi cuerpo se tensó por completo.
Escuché sus pasos. El sonido familiar de las llaves. La puerta interior abriéndose.
—¿Adriana? —llamó desde la entrada.
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