—Sí. Revisa las cuentas corporativas. Miguel retiró dinero hoy. Quiero saber de dónde salió hasta el último peso.
Otra pausa. Más teclas. Luego la respuesta llegó seca, impecable.
—Tomó cincuenta mil de la cuenta principal de Corona Dorada. Usó una autorización falsificada. También está el movimiento del coche. Hay otros retiros sospechosos acumulados durante meses.
Sentí que la quijada se me endurecía.
Corona Dorada.
La cadena de restaurantes más grande del país.
Mi empresa.
Mi nombre oculto detrás de quince años fingiendo ser un jubilado cualquiera.
—Bloquéale todo —dije—. Tarjetas, accesos, cuentas, autorizaciones. Todo.
—En este momento, don Guillermo.
—Y activa el Protocolo Diamante.
Esa vez sí hubo un silencio más largo.
—¿Está seguro, señor?
—Completamente.
El Protocolo Diamante solo se usaba cuando alguien tocaba a la familia. En cuarenta años, lo activé tres veces. La primera, cuando un socio quiso lavar dinero en uno de mis restaurantes. La segunda, cuando un gerente desvió nóminas de empleados. La tercera, cuando secuestraron a un sobrino de Dolores y tuvimos que mover cielo y tierra antes de llamar a la policía. No era un protocolo financiero. Era una declaración de guerra.
—También necesito flores, mariachis, el mejor chef de la cadena, y un salón lleno de gente decente que sepa celebrar un amor de cincuenta años —añadí—. Quiero que mi mujer olvide que hace diez minutos estuvo sentada en la nada.
—En quince minutos llega el primer camión —contestó Rodrigo—. En diez, los mariachis. En doce, el chef Ramírez con su equipo. Y para los invitados… déjeme hacer unas llamadas.
—Bien.
Antes de colgar, hizo una última pausa.
—Don Guillermo… Miguel salió rumbo a Acapulco. Con una mujer. El coche nuevo ya fue localizado. Legalmente, sigue siendo propiedad de la empresa.
Sonreí. No con alegría, sino con justicia.
—Creo que ese coche tiene problemas mecánicos, Rodrigo.
—Problemas muy serios, señor.
—Del tipo que requieren una grúa.
—Considérelo hecho.
Colgué.
Cuando me volví hacia Dolores, ella me miró con una mezcla de dolor y desconcierto.
—¿Con quién hablabas, Guillermo?
Le tomé las manos.
—Con alguien que va a ayudarnos a tener la noche que mereces.
—Pero ¿con qué dinero, viejo? Miguel se llevó todo…
—Dolores —le dije, y algo en mi voz hizo que guardara silencio—. Confía en mí. Como has confiado cincuenta años.
Ella asintió, aunque sus ojos seguían llenos de preguntas.
No habían pasado ni seis minutos cuando un camión blanco se detuvo frente al restaurante. En los costados se leía Flores Imperiales. Bajaron cuatro muchachos con ramos enormes de rosas, orquídeas, gardenias, bugambilias y lisiantos. Entraron al salón con la precisión de un ejército entrenado. Detrás llegaron mesas de cristal, mantelería de lino, candelabros, velas gruesas como muñecas, listones dorados, arcos de flores blancas y rojas.
El gerente del restaurante salió a recibirme con la cara desencajada.
—Señor… yo… no entiendo nada.
—No necesita entender —le respondí—. Solo póngase a trabajar.
Y trabajaron.
Los floristas cubrieron cada mesa con centros que parecían jardines completos. Colgaron orquídeas del techo como si la noche estuviera floreciendo. Armaron un arco principal detrás de una mesa especial, redonda, vestida con un mantel bordado en hilo dorado. En menos de diez minutos, el salón vacío empezó a parecer un palacio de novela.
Dolores se había levantado de la banca y observaba desde la puerta, con una mano cubriéndose la boca.
—Guillermo… ¿qué está pasando?
—Lo que debió pasar desde el principio, mi amor.
Después llegó un segundo vehículo, más elegante, negro, con vidrios ahumados. De él bajaron seis músicos vestidos de charro impecable. Traían violines, guitarrones, trompetas. El director era un hombre de bigote plateado y sombrero bordado.
—¿Don Guillermo Vázquez? —preguntó con respeto.
Asentí.
—Es un honor, señor. Rodrigo nos puso al tanto. Esta noche vamos a tocar como si le cantáramos a la mujer más importante de México.
—No a México —le corregí—. A la mujer más importante de mi vida.
El hombre sonrió.
—Entonces va a sonar todavía mejor.
Se instalaron en una esquina del salón y comenzaron a afinar. Cuando la primera cuerda vibró, sentí que el corazón de Dolores respiraba de nuevo.
No tardó en aparecer el tercer camión: uno refrigerado, con el emblema dorado de Corona Dorada en los costados. De él descendió Eduardo Ramírez, el chef estrella de mi cadena. Un hombre capaz de servirle a gobernadores sin temblarle la mano y, al mismo tiempo, de llorar cuando una salsa le recordaba la cocina de su abuela.
—Don Guillermo —dijo, quitándose la cofia—. Qué gusto verlo de nuevo.
—Eduardo.
—Traigo mole poblano, chiles en nogada, cochinita pibil, cabrito en salsa de chile ancho, sopa de flor de calabaza, tortillas recién hechas y arroz con leche. Rodrigo me contó el menú que había soñado la señora Dolores. Lo mejoramos, pero sin traicionar su corazón.
No pude responder de inmediato. Solo le apreté el hombro.
—Gracias, hijo.
El aroma empezó a invadir el restaurante mientras montaban una cocina temporal en la parte trasera del salón. Mantequilla, canela, chocolate, chiles tostados, ajo friéndose, tortilla caliente. Olía a fiesta, a México, a familia, a la vida que nadie nos iba a quitar.
Faltaba todavía algo.
—Rodrigo —le dije al llamarlo de nuevo—, necesito gente.
—Ya va en camino, don Guillermo. Parejas reales. Gente decente. Amigos de amigos. Matrimonios largos. Todos saben que vienen a celebrar una historia de amor.
—Perfecto.
Volví con Dolores. Ella seguía ahí, mirándolo todo como si no se atreviera a tocar un sueño por miedo a despertarse.
—¿Te acuerdas —le pregunté— del cuartito donde vivimos al principio? En la colonia Doctores. El techo goteaba cuando llovía y la cama sonaba como carreta.
Una sonrisa triste le cruzó la cara.
—¿Cómo olvidarlo? Hasta el gato del vecino se metía por la ventana.
—Ahí te prometí que un día te iba a dar una vida mejor.
—Y me la diste, Guillermo.
—Todavía me faltaba una deuda.
Le ofrecí el brazo.
—Señora Vázquez de Vázquez… ¿me hace el honor de acompañarme a nuestras bodas de oro?
Entramos juntos al salón.
Dolores se quedó inmóvil en la entrada. La luz de los candelabros le pintó destellos en las lágrimas. El salón resplandecía. Las mesas parecían altares de flores. Las velas encendidas daban una luz suave, casi sagrada. El arco principal, cubierto de rosas blancas, parecía hecho para dos reyes viejos que se habían ganado el derecho a sentarse bajo él.
—Ay, Virgen Santísima… —murmuró—. Esto no puede ser verdad.
Entonces sonaron los primeros acordes del mariachi.
Suaves.
Elegantes.
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