Como una caricia.
Eduardo apareció con dos copas de champagne.
—Señor y señora Vázquez —dijo inclinando un poco la cabeza—. Permítanme servir el primer brindis.
Dolores me miró. En sus ojos ya no había vergüenza, sino asombro.
—¿Qué hiciste, Guillermo?
—Luego te cuento —le susurré—. Esta noche primero se vive.
Los invitados comenzaron a llegar poco después. No eran figurantes ni extraños sin alma. Rodrigo había conseguido matrimonios verdaderos, vecinos distinguidos, antiguos clientes, amigos de la cadena, un notario jubilado con su esposa, una pareja que llevaba cuarenta años casada, una maestra retirada y su marido exferrocarrilero, una señora de verde esmeralda que abrazó a Dolores como si la conociera de toda la vida.
—Felicidades, reina —le dijo—. Cincuenta años no los aguanta cualquiera.
Pronto el salón se llenó de conversación, risas, brindis y pasos de baile. De fondo, los mariachis tocaban boleros, sones y rancheras suaves. Todo era cálido, natural, perfecto. Dolores empezó a reírse otra vez. A tocar las flores. A agradecer. A recibir abrazos de gente que no la conocía y, sin embargo, entendía exactamente lo que significaba llegar viva y enamorada a una noche así.
Mientras tanto, mi teléfono no dejaba de vibrar.
Miguel intentó cargar gasolina con tarjeta corporativa. Rechazada.
Llamó al banco. Accesos cancelados.
El coche fue detenido en carretera. Ya va la grúa.
Guardé el celular. No era noche para pensar en basura.
Eduardo sirvió el primer plato. Un mole oscuro, brillante, profundo, servido en talavera fina. Luego llegaron los chiles en nogada, cubiertos de granada fresca. Después la cochinita pibil, el cabrito, las tortillas hechas a mano y una sopa que olía a infancia. Dolores probó el mole y cerró los ojos.
—Está igual al de mi madre —susurró.
—No —le dije—. Está mejor, porque hoy sabe a justicia.
Ella no entendió del todo, pero sonrió.
La música siguió. Los invitados venían a contarnos sus historias. Una pareja joven nos pidió consejo.
—¿Qué se necesita para durar tanto? —preguntó el muchacho.
Dolores y yo nos miramos y respondimos al mismo tiempo:
—Respeto.
Se rieron todos, pero era verdad. Después añadí:
—Y paciencia. Muchísima. Habrá días en que uno quiera mandar al otro a dormir al patio. Pero si hay respeto, uno regresa. Si no lo hay, se pudre todo.
—Y sentido del humor —agregó Dolores—, porque si no te aprendes a reír de la vida, la vida se ríe de ti.
Aplausos. Copas arriba. Más música.
Luego vino el momento que ella había esperado durante años.
El director del mariachi se acercó.
—Con permiso de los novios —anunció—, ha llegado la hora del baile de honor.
Los primeros acordes de “Bésame mucho” llenaron el salón.
Yo me puse de pie y extendí la mano.
—Señora, ¿me concede este baile?
Dolores se levantó. Su sonrisa temblaba. Caminamos hasta el centro del salón y empezamos a bailar despacio, muy despacio, porque nuestras piernas ya no eran las de antes. Pero en ese instante no me importó la edad. Bajo aquella música, con las flores rodeándonos y la luz bañándole el rostro, volví a ver a la muchacha de veintidós años que me dijo que sí aunque yo entonces solo tenía promesas y un par de manos dispuestas a trabajar.
—Te ves hermosa —le dije.
—Tú también, aunque ya estés todo viejo.
—Viejo tu tío.
Se rio, apoyando la frente en mi hombro.
Y mientras yo bailaba con mi esposa, mi hijo iba a toda velocidad rumbo a Acapulco creyéndose dueño del mundo.
Miguel manejaba un Ferrari rojo con esa soberbia que dan el dinero mal habido y la estupidez bien alimentada. A su lado iba Valeria, una muchacha de veinticinco años con el cabello teñido, pestañas como abanicos y la clase de mirada que calcula el valor de un hombre por el tablero de su coche. Llevaban la música a todo volumen. Él iba presumiendo. Ella tomándose selfies con la carretera de fondo.
—¿Te das cuenta, amor? —decía Miguel—. Cincuenta mil pesos que esos viejitos iban a gastar en una fiesta ridícula. Mejor en esto. El coche, el hotel, la playa. La vida es para los vivos.
—Eres un genio —le respondió Valeria, acariciándole el brazo—. Tus papás ni se enteran de nada.
—Mi papá no sabe ni cómo funciona una app bancaria —se rió él—. Vive como si todavía existieran los años ochenta. Mi mamá peor. Con que le diga que ando trabajando, me cree santo.
Valeria se acomodó en el asiento de piel.
—¿Y nunca sospechan de dónde sale tanto dinero?
—Para nada. Soy consultor, tengo accesos, muevo cuentas, autorizaciones, presupuestos. Hay que saberle. Si eres listo, el mundo se abre solo.
No sabía el muchacho que el mundo no se le estaba abriendo. Se le estaba cerrando.
Llevaban casi tres horas de camino cuando vieron las luces de la patrulla detrás del Ferrari. Miguel bajó un poco la velocidad, fastidiado.
—¿Y ahora qué quieren estos?
Se orilló. Dos oficiales bajaron. Uno se acercó a la ventanilla.
—Documentos del vehículo e identificación.
Miguel sonrió con suficiencia. Entregó su licencia.
—Oficial, ¿algún problema?
El policía revisó los papeles y luego levantó la vista.
—Señor Miguel Vázquez, le pido que baje del vehículo.
—¿Cómo dice? ¿Por qué?
—Baje del vehículo. Usted también, señorita.
Valeria se tensó. Miguel sintió por primera vez una punzada de miedo.
El oficial joven abrió una carpeta.
—Vehículo Ferrari modelo 2024 reportado como adquirido con fondos corporativos no autorizados. Por orden bancaria y solicitud de Corona Dorada, el automóvil será asegurado y trasladado a depósito judicial.
Miguel palideció.
—Eso es imposible. Debe haber un error. Yo trabajo para esa empresa.
—Trabajaba —corrigió el oficial—. Según el sistema, su acceso fue cancelado esta tarde. También fueron bloqueadas todas sus autorizaciones financieras.
Valeria dio un paso atrás.
—Miguel… ¿qué significa eso?
—Nada. Una confusión. Seguro mi gente lo arregla.
Pero ya venía una grúa.
Ya estaban los documentos impresos.
Ya estaba la red cerrándose.
Le quitaron el coche frente a sus ojos. Lo subieron al remolque mientras el sol comenzaba a caer. Miguel quiso llamar desde el celular. Batería al tres por ciento. Marcó mi número. Buzón. Marcó a su madre. Buzón. Marcó al banco. Marcó a dos amigos. Nada.
—¿Y ahora cómo regresamos? —gritó Valeria.
—Eso ya no nos corresponde —dijo el oficial, entregándole un papel—. Cualquier reclamación, en oficinas centrales de Corona Dorada.
La patrulla se fue. La grúa también.
Valeria se quedó en medio del acotamiento, sosteniendo sus tacones en la mano.
—A ver, explícamelo bien —le exigió—. ¿Me estás diciendo que robaste dinero?
—No robé. Era… era una operación interna.
—No me digas tonterías.
Pasó un tráiler. Ella salió corriendo a hacerle señas. El chofer frenó.
—¿Necesita ayuda, güerita?
—Sí. Lléveme de regreso a la ciudad. Y a este no se lo lleve. No es nada mío.
Miguel la miró espantado.
—Valeria, espérate.
Ella subió al tráiler sin voltear.
—Cuando vuelvas a tener dinero, me buscas. Mientras tanto, ni existes.
Y se fue.
Miguel se quedó solo bajo el cielo naranja, con los zapatos caros llenándose de polvo y una verdad insoportable dándole vueltas en la cabeza: aquello no había sido casualidad. Aquello era una lección. Y solo una persona podía haberla ordenado.
Su padre.
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