La directora de la fundación, Patricia Wells, murmuró algo a su asistente —algo que parecía decir «esto no es apropiado»— pero no intervino.
Al fin y al cabo, Sterling era la estrella, la que llenaba la sala y conseguía donaciones importantes.
David respiró hondo.
No buscaba confrontación, no alzó la voz.
Sin embargo, en el fondo, se dejaba llevar por algo más fuerte que la vergüenza:
la calma de quien ha aprendido a resistir.
Nadie allí sabía realmente qué se escondía tras aquel muchacho y su bastón blanco.
Desconocían que practicaba durante horas cada día en un teclado prestado en el sótano de la iglesia local.
No podían imaginar que, desde tan temprana edad, pudiera reproducir melodías enteras con solo escucharlas una vez.
Y, sobre todo, no podían imaginar que, mientras algunos bromeaban al respecto, él ya se organizaba internamente:
nota por nota, respiración por respiración.
Cuando habló, su voz era sencilla y clara, como si acabara de pedir un vaso de agua: “En realidad… prefiero a Bach”.
En un instante, el revuelo cesó: no por miedo, sino por sorpresa.
El público comprendió que el chico no estaba allí para llamar la atención, sino para ser escuchado.
Vincent soltó una carcajada.
“¿Bach, de verdad?
¿Y qué pieza, concretamente, podrías tocar, jovencito?”
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