Manuel tardó en responder.
Porque ni él mismo lo entendía del todo.
Pero finalmente dijo la verdad.
—Porque nadie debería cuidar a dos bebés sola.
Esa noche, por primera vez en muchos años, la enorme mansión de Manuel Navarro no estuvo en silencio.
Los niños dormían en habitaciones limpias.
Daniela no podía dejar de mirar las paredes blancas, las sábanas suaves, el techo que no goteaba.
Miguel estaba mejor.
El médico había dicho que se recuperaría.
Manuel observaba todo desde la puerta.
Entonces Daniela lo miró.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Señor…
—¿Sí?
La niña dudó un momento.
Luego susurró algo que lo dejó completamente inmóvil.
—¿Te quedas con uno?
Manuel frunció el ceño.
—¿Cómo?
Daniela apretó las manos.
—Puedes quedarte con uno… si quieres.
Manuel sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué dices?
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