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El niño sudaba, tenía la piel ardiente y los labios resecos.

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Manuel lo tomó con cuidado entre sus brazos, algo que sorprendió incluso a él mismo. Nunca en su vida había cargado a un bebé. Sus manos, acostumbradas a firmar contratos millonarios, ahora sostenían algo infinitamente más frágil.

—Está muy caliente —murmuró.

Daniela lo miraba con miedo.

—¿Se va a morir?

La pregunta cayó en el aire como una piedra en agua quieta.

Manuel no respondió de inmediato.

Miró alrededor.

Las personas en la cafetería seguían observando la escena como si fuera un espectáculo incómodo que querían que terminara pronto.

—Llame a mi chofer —ordenó Manuel al mesero—. Ahora.

El hombre asintió rápidamente.

Cinco minutos después, una camioneta negra estaba estacionada frente al lugar.

Manuel caminó hacia la puerta cargando a Miguel.

Daniela y Víctor lo siguieron en silencio, sin entender del todo lo que estaba pasando.

En el hospital privado San Gabriel, los médicos se movieron rápido cuando vieron a Manuel Navarro entrar con el niño en brazos.

—Necesita atención inmediata —dijo él con una voz que no admitía discusión.

Miguel fue llevado a urgencias.

Daniela se quedó sentada en una silla del pasillo, abrazando a Víctor con fuerza.

Sus ojos estaban rojos de tanto llorar.

Manuel la observaba desde el otro lado del pasillo.

Algo en esa niña le resultaba inquietantemente familiar.

Después de una hora, el médico salió.

—Llegaron a tiempo —dijo—. El niño tenía una infección fuerte y deshidratación. Si hubieran esperado un poco más…

No terminó la frase.

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