Don Ernesto tomó el micrófono con manos temblorosas.
—Porque… —dijo lentamente— el niño me necesitaba.
El público comenzó a aplaudir suavemente.
Miguel levantó la mano.
—Pero hay algo que él no sabe.
Don Ernesto frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Miguel sonrió.
—Que yo nunca me fui de su vida.
Señaló una pantalla detrás del escenario.
Apareció un video.
Imágenes de una escuela nueva.
Amplia.
Moderna.
Con rampas.
Biblioteca.
Patio.
Un letrero grande en la entrada decía:
**“Centro Educativo Don Ernesto Ramírez.”**
Don Ernesto se quedó sin palabras.
Miguel habló con voz firme.
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