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El maestro que nunca se casó adoptó a su alumno abandonado con una pierna amputada. Veinte años después, el muchacho conmovió a millones de personas…

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Don Ernesto levantó la mano en un pequeño gesto de despedida.

—No olvides leer todos los días —dijo con una voz que intentaba mantenerse firme—. Un hombre que deja de leer… deja de crecer.

Miguel asintió, tragando el nudo que tenía en la garganta.

—Sí, maestro.

El autobús arrancó lentamente.

Mientras se alejaba, Miguel seguía mirando por la ventana hasta que la figura del profesor desapareció entre la multitud.

Fue la primera vez en muchos años que Miguel sintió miedo de verdad.

Porque sabía algo que Don Ernesto nunca había querido escuchar.

Que, aunque el mundo le había quitado una pierna, él no estaba solo.

Tenía un padre.

Aunque ninguno de los dos usara esa palabra.

La universidad fue un desafío.

Miguel llegaba a las aulas apoyado en su prótesis gastada y una mochila llena de libros usados que Don Ernesto había comprado en el mercado de La Lagunilla.

Algunos estudiantes lo miraban con curiosidad.

Otros con lástima.

Pero Miguel no buscaba compasión.

Recordaba siempre lo que Don Ernesto le había repetido durante años:

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