—Hace dos años comencé a construir esta escuela.
—Una escuela gratuita para niños con discapacidad.
Las lágrimas empezaron a caer por el rostro del maestro.
—Y lleva su nombre.
El estudio entero se puso de pie.
Aplaudiendo.
Don Ernesto cubrió su rostro con las manos.
Miguel se acercó.
—Usted dijo que yo era su mayor orgullo.
Lo abrazó con fuerza.
—Pero la verdad es que yo soy el suyo.
El público seguía aplaudiendo.
Porque en un mundo que muchas veces olvida a los buenos maestros…
la historia de aquel profesor solitario que decidió salvar a un niño…
había terminado cambiando la vida de miles más.
Y demostrando algo que Don Ernesto siempre supo.
Que a veces…
un solo acto de bondad…
puede escribir el capítulo más importante de la vida de alguien.
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