Con el mismo saco gris.
El público quedó en silencio.
El presentador parecía confundido.
—¿Este es…?
Miguel sonrió.
—Mi maestro.
Don Ernesto caminó lentamente hasta el escenario.
Cuando vio a Miguel, se quedó inmóvil.
Porque por primera vez lo veía así.
Seguro.
Respetado.
Admirado.
Miguel tomó el micrófono.
—Cuando yo tenía doce años, no tenía casa. No tenía familia. Y pensaba que mi vida no tenía futuro.
El público escuchaba en absoluto silencio.
—Pero este hombre… me dio algo que nadie más quiso darme.
Miró a Don Ernesto.
—Un hogar.
Don Ernesto bajó la mirada, incómodo.
Nunca le gustaron los elogios.
Miguel continuó:
—Se levantaba antes del amanecer para prepararme desayuno.
—Me llevaba al hospital en bicicleta.
—Vendía sus propios libros para comprar los míos.
El presentador estaba visiblemente emocionado.
—¿Y por qué lo hizo, profesor Ernesto?
Continúa leyendo con «SIGUIENTE »»»