—“La gente no respeta a quien se compadece de sí mismo. Respeta a quien se levanta.”
Así que Miguel estudiaba más que nadie.
Trabajaba en las noches como corrector de textos en una pequeña editorial.
A veces dormía apenas tres horas.
Pero nunca dejó de avanzar.
Cada domingo llamaba a Don Ernesto desde un teléfono público.
—¿Ya comiste? —preguntaba siempre el maestro.
—Sí.
—¿Estás leyendo algo nuevo?
—Un libro de Paulo Freire.
Don Ernesto sonreía al otro lado de la línea.
—Buen autor.
Y luego hablaban de literatura.
Nunca de sacrificios.
Nunca de dinero.
Porque ambos sabían la verdad sin necesidad de decirla.
—
Pasaron los años.
Miguel se graduó con honores.
Luego hizo una maestría en educación inclusiva.
Su tesis trataba sobre un tema que conocía mejor que nadie:
Cómo transformar las escuelas para estudiantes con discapacidades físicas.
La presentó ante un auditorio lleno de profesores.
Al terminar, uno de los evaluadores dijo algo que Miguel jamás olvidaría.
—Esta investigación no solo es académica. Es profundamente humana.
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