PARTE 1
Valeria sostenía el bolígrafo con una mano que no paraba de temblar. A sus 28 años, con un título universitario en finanzas y fluidez en 3 idiomas, su vida parecía haber llegado a un callejón sin salida. El calor sofocante del registro civil en la Ciudad de México hacía que el sudor le resbalara por la frente, pero el frío en su pecho era paralizante. Estaba a punto de firmar un acta de matrimonio para saldar una deuda de 5 millones de pesos que su difunto padre había contraído con la implacable familia Garza.
A su lado, observando con una sonrisa cargada de desprecio, estaba Doña Catalina, la matriarca del clan. Al otro lado se encontraba el hombre que sería su esposo: Mateo Garza. A sus 33 años, Mateo era conocido como la oveja negra de la prestigiosa familia. Vestía unos pantalones de mezclilla gastados, botas de trabajo manchadas de polvo y una camisa de cuadros que había visto días mejores. Su barba estaba sin recortar y su mirada permanecía fija en el suelo. Valeria no entendía por qué Doña Catalina la obligaba a casarse precisamente con el nieto fracasado, pero no tenía otra opción. Su madre y sus 2 hermanos menores terminarían en la calle si ella no aceptaba este humillante trato.
Con 1 suspiro pesado, Valeria trazó su firma. El trato estaba sellado. Doña Catalina se levantó, se ajustó su costoso abrigo y salió del lugar sin despedirse, dejando una estela de perfume caro y desdén. Mateo guardó el acta en su mochila desgastada y miró a Valeria.
—Tenemos que ir por Sofía a la escuela —dijo con una voz grave, carente de cualquier emoción.
Valeria sabía poco de él, solo que era un padre soltero y que vivía en una zona marginada de la ciudad. Salieron al estacionamiento, donde el calor del asfalto derretía cualquier esperanza. Mateo se detuvo junto a un viejo Tsuru color blanco, con la pintura descascarada y 1 abolladura en la puerta trasera. El interior olía a humedad y a dulces de tamarindo. Valeria subió en silencio, sintiendo que su vida se había reducido a escombros.
Condujeron durante 45 minutos esquivando baches y el denso tráfico capitalino, dejando atrás los grandes edificios para adentrarse en una colonia popular llena de calles estrechas, puestos de tacos y cables enredados. Se detuvieron frente a una escuela primaria pública. De allí salió Sofía, una niña de 5 años con enormes ojos oscuros y 2 trenzas despeinadas.
—Ella es Valeria. Va a vivir con nosotros a partir de hoy —explicó Mateo, agachándose a la altura de la niña.
Sofía la miró con la brutal honestidad de los niños. —¿Eres mi nueva mamá?
Valeria sintió un nudo en la garganta. —Soy Valeria, pequeña. Solo Valeria.
Llegaron a una pequeña casa con techo de lámina y paredes de block sin pintar. El interior era diminuto: 1 sofá viejo, 1 televisión antigua y una cocina que apenas tenía lo indispensable. Los primeros 15 días fueron un desafío brutal para Valeria. Tuvo que aprender a lavar a mano, a estirar los pocos pesos que Mateo dejaba sobre la mesa para comprar tortillas y frijoles en el tianguis local, y a limpiar el polvo que se colaba por las ventanas rotas. Sin embargo, en medio de la precariedad, Valeria notó algo inesperado. Mateo era un padre excepcionalmente amoroso. Leía cuentos a Sofía cada noche, cocinaba chilaquiles los domingos y trataba a Valeria con un respeto silencioso, durmiendo él en el suelo para dejarle la única cama a ella y a la niña.
Pero algo no encajaba. Mateo salía todos los días a las 6 de la mañana para “buscar trabajos temporales”, pero sus manos no tenían los callos de un obrero. A veces, cuando regresaba tarde, Valeria percibía un levísimo aroma a una loción que costaba más que toda la casa en la que vivían.