Él era el millonario más poderoso de México, pero fingió ser un padre en la ruina para encontrar el amor verdadero.
La tensión estalló en la semana 4. Valeria había salido a comprar medicinas para Sofía, quien tenía un resfriado. Al caminar por una avenida principal cercana a la zona de Santa Fe, vio el viejo Tsuru estacionado en un callejón. Intrigada, se acercó, pero Mateo no estaba adentro. De pronto, escuchó unas voces provenientes de un estacionamiento privado subterráneo. Se asomó con cautela y su corazón dio 1 vuelco.
Mateo estaba allí, pero lucía irreconocible. Llevaba un traje a la medida que gritaba lujo, el cabello perfectamente peinado y un reloj que deslumbraba bajo las luces fluorescentes. Estaba rodeado por 4 hombres de traje oscuro que lo escuchaban con total sumisión. Uno de ellos le abrió la puerta de una camioneta blindada de último modelo. Mateo subió con la autoridad de un rey y el convoy desapareció en la avenida. Valeria retrocedió, sintiendo que el aire le faltaba. Su mente se llenó de preguntas aterradoras. ¿Era un criminal? ¿Un narcotraficante? No podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
Valeria regresó a la pequeña casa de block corriendo, con el pecho ardiendo y la respiración entrecortada. El miedo se mezclaba con una furia incontrolable. Había sido vendida para saldar una deuda, había sacrificado su vida entera creyendo que estaba ayudando a un hombre humilde y a su pequeña hija, y ahora descubría que todo era una farsa escalofriante. Pasó las siguientes 3 horas caminando de un lado a otro en la diminuta sala, esperando. Sofía dormía tranquilamente en la habitación, ajena a la tormenta que estaba por desatarse.
A las 8 de la noche, la puerta de chapa oxidada rechinó. Mateo entró vistiendo nuevamente su camisa gastada y las botas polvorientas. Dejó las llaves sobre la mesa y soltó 1 suspiro de cansancio simulado. Valeria no se contuvo ni 1 segundo.
—¿Cómo te fue en tu trabajo temporal, Mateo? —preguntó ella, con la voz cargada de veneno—. ¿O debería llamarte el patrón? ¿Jefe de plaza? ¿Qué demonios eres realmente?
Mateo se quedó paralizado. El cansancio en su rostro desapareció, siendo reemplazado por una expresión fría, calculadora y letalmente tranquila. —¿De qué hablas, Valeria?
—¡Te vi! —gritó ella, señalándolo con el dedo tembloroso—. Te vi en Santa Fe. El traje, los guardaespaldas, la camioneta blindada. ¡No eres un miserable obrero! ¡Me engañaste! ¡Nos casamos porque supuestamente tu familia te había desheredado y eras un fracasado! ¿Qué clase de negocios sucios manejas?
Mateo cerró los ojos por 1 momento, pasándose la mano por el rostro. Cuando los abrió, la vulnerabilidad del hombre pobre había desaparecido por completo. Frente a ella estaba un titán.
—No soy un criminal, Valeria —dijo con una voz que resonó en las paredes de la humilde casa—. Y no soy el fracasado de la familia. Soy el accionista mayoritario de Corporativo Garza. Yo dirijo el imperio de mi familia. Tengo el 80 por ciento de las acciones. Mi patrimonio supera los 10000 millones de pesos.
Valeria sintió que las rodillas le fallaban y se dejó caer en el viejo sofá. —¿Qué? ¿Pero… y esta casa? ¿El coche? ¿Tu abuela humillándome?
—Todo fue una elección —respondió él, sentándose frente a ella, con la mirada fija y sincera—. Hace 4 años, la madre de Sofía nos abandonó. Se fue con otro hombre por dinero, llevándose gran parte de mi fortuna de aquel entonces y dejándome a una niña de 1 año llorando en la cuna. Me di cuenta de que el dinero solo atrae buitres, personas vacías que solo buscan aprovecharse. Decidí desaparecer del radar público. Compré esta casa, este coche viejo y creé esta fachada de pobreza para proteger a Sofía. Quería que ella creciera valorando las cosas reales, no los lujos.
—¿Y yo? —preguntó Valeria, con lágrimas de rabia acumulándose en sus ojos—. ¿Dónde entro yo en este maldito teatro? Mi padre murió, mi familia estaba en la ruina. Me obligaron a casarme contigo como un castigo.
—Eso fue lo que Doña Catalina pensó —confesó Mateo—. Ella odia que yo no viva en sus círculos de la alta sociedad y pensó que obligarme a casarme con la hija de un deudor sería el castigo perfecto para mi “rebeldía”. Pero ella no ideó este matrimonio. Fui yo.
Valeria abrió mucho los ojos, sintiendo una puñalada de traición. —¿Tú lo planeaste?
—Te vi hace 6 meses en la sucursal bancaria donde trabajabas —explicó Mateo, bajando el tono de voz—. Te vi ayudar a una anciana a contar sus monedas, te vi compartir tu comida con los niños de la calle fuera del metro. Investigué tu vida. Supe de la deuda de tu padre. Yo le sugerí a mi abuela este arreglo. Quería una mujer que no estuviera cegada por mi dinero. Alguien que pudiera amar a Sofía por lo que es. Y no me equivoqué. En estos 2 meses, has cuidado de mi hija con un amor genuino, has transformado esta casa precaria en un hogar. No te traje aquí para destruirte, Valeria. Te traje para salvar a mi hija, y de paso, liberarte de la deuda de tu familia.
—¡Me manipulaste! —estalló Valeria, levantándose de golpe—. ¡Jugaste a ser Dios con mi vida! ¡Me hiciste creer que vivíamos de milagros, me hiciste lavar ropa en un lavadero roto mientras tú tienes millones!
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