A medianoche, la policía recibió la denuncia de desaparición.
Lo que siguió fue una de las búsquedas más intensas que la ciudad recordaría durante años.
Voluntarios recorrieron barrios enteros.
Se pegaron carteles en postes de luz, mercados, estaciones de minibuses y paredes de ladrillo.
La fotografía de Andrea apareció en todos lados.
Pero si hubo alguien que destacó durante aquella búsqueda, fue el padrastro de Andrea.
Un hombre llamado Raúl Mendoza.
Desde el primer día se convirtió en el rostro público de la tragedia.
Raúl organizó brigadas de búsqueda.
Convocó marchas.
Habló con periodistas.
Durante semanas caminó por las calles con un megáfono pidiendo información.
Las cámaras lo captaban con lágrimas en los ojos.
“Solo queremos que vuelva a casa”, repetía.
Con el paso de los meses, el caso empezó a enfriarse.
Pero Raúl nunca dejó de buscar.
Cada aniversario de la desaparición organizaba vigilias.
Encendía velas.
Pedía a la gente que no olvidara a Andrea.
Incluso apareció en programas de televisión nacionales hablando del dolor de la familia.
Durante quince años, nadie sospechó de él.
Para muchos, Raúl era el ejemplo de un padrastro que había hecho todo por encontrar a su hija.
Pero el 12 de agosto de 2018 ocurrió algo inesperado.
Raúl Mendoza murió.
Según el reporte médico, sufrió un infarto fulminante.
Su muerte fue repentina.
Y cambió todo.
Tras su fallecimiento, la familia decidió vender la casa.
Era una vivienda antigua de dos plantas construida décadas atrás.
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