El viento del altiplano recorría las calles de tierra levantando polvo entre las casas de ladrillo sin revocar. Los vendedores comenzaban a instalar sus puestos en el mercado informal, los minibuses tocaban el claxon anunciando rutas hacia La Paz, y los niños caminaban hacia la escuela con mochilas gastadas.
Nada parecía fuera de lo normal.
Hasta que Andrea Lucía Quispe desapareció.
Andrea tenía 14 años.
Era una adolescente tranquila, conocida por los vecinos como una chica educada que siempre ayudaba a su madre en casa y cuidaba a su hermano menor después de la escuela.
Aquella mañana salió de casa a las siete y veinte.
Llevaba su uniforme escolar: falda azul oscuro, suéter gris y una mochila negra donde guardaba sus cuadernos.
Su escuela quedaba a apenas diez minutos caminando.
Pero Andrea nunca llegó.
Al principio nadie se alarmó demasiado.
En barrios como Villa Dolores era común que los niños se quedaran a jugar después de clases o visitaran a familiares.
Pero cuando cayó la noche y Andrea no había regresado, su madre comenzó a preocuparse.
A las nueve de la noche, la familia salió a buscarla.
Primero preguntaron a los vecinos.
Luego a sus amigas.
Después recorrieron el camino hacia la escuela una y otra vez.
Nada.
Nadie la había visto.
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