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El 18 de junio de 2003 amaneció como cualquier otro día frío en la ciudad de El Alto.

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Antes de ponerla en el mercado, contrataron a trabajadores para hacer algunas remodelaciones.

El 22 de agosto de 2018, los obreros comenzaron a demoler una pared del sótano.

Lo que encontraron detuvo las herramientas en seco.

Detrás de la pared había una puerta metálica.

No estaba conectada a ninguna habitación visible.

Parecía haber sido sellada deliberadamente.

Los trabajadores llamaron al hermano de Raúl.

Entre varios lograron abrirla.

Al otro lado había un pequeño pasillo oscuro.

Y al final del pasillo…

una habitación.

Una habitación que nadie sabía que existía.

Cuando la policía llegó, lo primero que notaron fue el silencio.

El lugar estaba aislado con capas de cemento y ladrillo.

Había colchones viejos.

Cadenas.

Un pequeño baño improvisado.

Y señales claras de que alguien había vivido allí durante mucho tiempo.

Durante horas los investigadores intentaron entender qué significaba todo aquello.

Pero el descubrimiento más inquietante estaba todavía por venir.

En una caja metálica encontraron cuadernos.

Muchos cuadernos.

Diarios.

Al abrirlos descubrieron algo perturbador.

Las primeras páginas estaban fechadas en junio de 2003.

Y la caligrafía pertenecía a una adolescente.

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