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Durante varios segundos, Eduardo no dijo nada.

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Isabella estaba en la cocina ayudando a preparar el almuerzo cuando escuchó el motor.

El sonido le hizo tensarse inmediatamente.

Una de las empleadas miró por la ventana.

—Señora Isabella… llegó la madre del señor Eduardo.

El silencio cayó en la cocina.

Todas sabían que la relación entre ellas no era buena.

Isabella respiró profundamente.

—Está bien —dijo con voz tranquila—. Gracias.

Se secó las manos y caminó hacia la sala principal.

Doña Mercedes ya estaba allí.

Vestía un traje elegante color marfil y sostenía un bolso de cuero fino.

Su mirada recorrió la casa con expresión crítica.

Cuando vio a Isabella, levantó una ceja.

—Vaya… así que ahora eres la señora de la casa.

Isabella inclinó ligeramente la cabeza.

—Buenos días, Doña Mercedes.

La mujer no respondió al saludo.

—¿Dónde está Eduardo?

—En los establos.

Doña Mercedes caminó lentamente por la sala.

Sus tacones resonaban en el suelo de mármol.

—No puedo creer que mi hijo haya arruinado su futuro por una empleada.

Isabella no dijo nada.

Había escuchado palabras peores antes.

—Y además… con tres hijos.

La voz de la mujer estaba llena de desprecio.

—¿Dónde están ahora esos niños?

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